Ashton Carter, Secretario de Defensa, en Estonia

¿Ha muerto el Partido Socialista?

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La Paz de Westfalia.  La tregua político-religiosa que firmaron entonces católicos y protestantes se ha prolongado durante más de 300 años, con algunos parches históricos. Es llamativo que sobreviviera a la Revolución Francesa, a las invasiones napoleónicas y al mortífero siglo XX.  No en vano recuerda el historiador británico Tony Judt que la fue la Democracia Cristiana la que se acercó al socialismo moderado para reconstruir los puentes dinamitados. Ese “entente” socialdemócrata que sentó las bases del Proyecto Europeo al final de la Segunda Guerra Mundial  no parece estar atravesando su mejor momento.

La filosofía marxista, como tal, es hija del Idealismo alemán y nieta de la Reforma Luterana.  Ha sido siempre menos posibilista que el cristianismo, por no hablar de la sutileza propia de la casuística católica, y ese arrebato de racionalismo político simplista se traduce en un impulso totalitario. Sin contrapesos, el socialismo se escora hacia el populismo (por emplear el palabro de moda).

Tiene su ironía y su punto de gracia histórico que sean siempre los más radicales y oportunistas entre los políticos socialistas los que pregonen la necesidad de reformar  la socialdemocracia. Regresar a las trincheras fundamentalistas de la Ideología alemana es, sin duda, la mejor manera de tender puentes entre las dos orillas.

Con la globalización y la creación de una nueva arma de propaganda religiosa, mucho más poderosa que la Imprenta, se han invertido los roles en el continente europeo. Son ahora los protestantes puritanos y laicistas los que se sienten dominadores y abogan por el “federalismo” de los pueblos sometidos al Imperio, y son los pueblos cristianos y católicos los que reclaman la legítima defensa de sus cuotas de soberanía. El BREXIT de Londres, como ya hemos explicado en INLUCRO, no es tanto el deseo de romper con la UE como un intento por blindar su soberanía frente al agresivo imperialismo de Alemania. Quieren gozar del mismo estatus que los calvinistas suizos y los luteranos escandinavos.

¿Ha muerto el Partido Socialista francés? Las palabras de Manuel Valls son el burdo parapeto de su oportunismo político, pero revelan la profunda crisis del concepto de solidaridad cristiana en una economía dominada y controlada por intermediarios y comisionistas sin escrúpulos. Todos los urbanitas de Paris quieren seguir viviendo a lo grande, ajenos a la realidad;  quieren su dosis diaria para seguir el viaje.  Pero el “mono” acecha el dulce sueño de la “Grandeur” francesa.  Lo saben, como se ha comprobado en las Elecciones del pasado domingo, pero no quieren despertar.

Los que piden rendir la plaza a las tropas protestantes y someterse al derecho de pernada son los que están alimentando el debate sobre la crisis de socialdemocracia y los límites del Estado de Bienestar.  Su lógica de niños mimados y consentidos es tan sencilla como la perversa dependencia de los yonquis: “Para lo que me queda en el Convento, me cago dentro”.  El francés es menos preciso pero más descriptivo: “Après moi, le déluge”.

© Belge
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