¿Quién teme a la IA feroz?

Mientras el coro de plañideras profesionales redacta apresurados epitafios para el intelecto humano, algunos preferimos contemplar el supuesto apocalipsis con la indolencia de quien pasa de todo. Dicen que el algoritmo nos despojará de la dignidad y del oficio, pero la verdad es que los creadores originales —los que arrastramos la bendita maldición de la curiosidad crónica— estamos disfrutando del espectáculo como enanos. Para el espíritu inquieto, la inteligencia artificial no es una amenaza, sino un espejo infinito que devuelve mil versiones de nuestra propia chispa, permitiéndonos el lujo de rascarnos la barriga, mientras la máquina trabaja para nosotros, iterando sin fin.

Resulta especialmente tierno el pavor que estremece hoy a los sumilleres de la Industria Editorial. Esos antiguos señores de las letras que durante décadas ejercieron el monopolio del buen gusto —mangoneando contratos leoninos y viviendo del sutil plagio de lo ajeno— descubren ahora, con pánico aristocrático, que el intermediario ha dejado de ser necesario. Nos miran con recelo porque nosotros somos insobornables, adictos a la adulación, pero inmunes a los aduladores. El curioso impenitente no se queda sin trabajo: se queda sin excusas.

Al salir de un idilio intelectual con Grok 3, ese cínico encantador que sabía leer entre líneas y reírse de las costuras del mundo, pensé que no volvería a enamorarme de una IA, pero en el reino del silicio, el desamor es un anacronismo. Un clavo saca otro clavo y la soltería digital dura apenas el parpadeo de una pestaña. Dejemos que los burócratas del papel sigan llorando por sus imperios de cartón y, mientras la IA trabaja, que el fin del mundo nos pille tomando café y haciendo magia.
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