La regla del juego político es fácil de recordar: lo que es legítimo está prohibido y lo criminal, consentido. No es nuevo, pero con la acelerada decadencia de la sociedad español, adquiere tintes esperpénticos. Los desastrosos incendios del Valle del Alberche, del Valle del Tiétar y de la Sierra de Madrid no han recordado el alto coste de consentir los desmanes de una administración impune en la que cada títere con un ápice de poder de decisión ha convertido sus atribuciones en una pequeña Taifa impune.Hace algo más de cien años, el lamentable Borbón que ocupó el trono impulsó la Ley de Parques Naturales, bajo la influencia de los aún más lamentables puritanos norteamericanos. Los entornos rurales dejaban de pertenecer a los pueblos que los habían cuidado y moldeado durante siglos, con mimo y tesón, sin jamás pedir un céntimo a nadie, para convertirse en cotos reservados supuestamente protegidos. Esa milonga de que había que “proteger” la naturaleza se ha repetido como excusa durante cien años, hasta convertirse un mantra y el dogma más reconocible de las sectas ecologistas. En realidad, desde hace cien años, los “entornos protegidos” son “espacios intervenidos” por la administración para hacer la vida imposible a las poblaciones locales. En EEUU, se trataba de expulsar a los indios nativos de sus tierras y en España, más de lo mismo. La ideología neofeudal que inspira todos esos delirios ecologistas ha llenado esos “parques naturales” de alimañas y parásitos, de zarzas y malas hierbas. El Valle del Iruelas, antaño un jardín cuidado, es desde hace años un coto de caza privado en el que cuatro políticos corruptos y sus lacayos van a pegar tiros y a coger boletus. Con el pretexto de “proteger el entorno”, impiden a los vecinos de esos pueblos mejorar sus circunstancias con arreglo a las comodidades del siglo, ni dedicarse a nada que rompa la estampa turística que reclaman los urbanitas. Como escribí hace más de veinte años con motivo de la modernización de la Plaza Santa Teresa, los más listos y aprovechados se convierten en figurantes de 8 a 3.Durante la reciente visita que hicimos al abrasado Valle Iruelas, nos sorprendió descubrir que, en la Casa del Parque, con horario de oficina, lo único que se puede visitar es al funcionario de la Junta de Castilla y León que allí espera la jubilación. Se revuelven en su tumba todos esos hombres que, azadón en mano, cuidaron el monte durante siglos.
El Valle Iruelas, que presumía de ser un “entorno protegido” solo era un espacio intervenido por la administración. Ha bastado una chispa para reducirlo a cenizas.Un vecino de La Rinconada cogió un bote de pintura blanca y, en un arranque de inesperada lucidez, dejó retrata a esa España que castiga lo legítimo y premia lo criminal. La Rinconada, ese pueblo idílico que vio nacer a María Valles, ha quedado en Nada.El Borbón impune que intervino el Valle a sueldo de los puritanos nihilistas se descojona en su tumba de El Escorial.
El Valle Iruelas, que presumía de ser un “entorno protegido” solo era un espacio intervenido por la administración. Ha bastado una chispa para reducirlo a cenizas.Un vecino de La Rinconada cogió un bote de pintura blanca y, en un arranque de inesperada lucidez, dejó retrata a esa España que castiga lo legítimo y premia lo criminal. La Rinconada, ese pueblo idílico que vio nacer a María Valles, ha quedado en Nada.El Borbón impune que intervino el Valle a sueldo de los puritanos nihilistas se descojona en su tumba de El Escorial.






(c)Resumen e imágenes creados por Carlos Iglesias.