Historia Fabulada de la Nación Española


El nuevo proyecto literario de INLUCRO ha cobrado vida.

Esta es una lectura de Historia Fabulada de una Familia Castellana.

La novela es una saga familiar que funciona como un tapiz de supervivencias: no celebra héroes ni redenciones grandilocuentes, sino la terquedad cotidiana de una estirpe castellana que se adapta, se dispersa y se reconstruye entre guerras, emigraciones y silencios. El título es preciso: “fabulada” no significa inventada a capricho, sino tejida con la lógica de la fábula oral—exageración selectiva, omisiones estratégicas y una memoria que se transmite por cartas, rumores, herencias y cicatrices. El resultado es una crónica generacional que se niega a ser épica nacional y prefiere ser contabilidad íntima de costes.

Estructura y ritmo: el tiempo como inventario.

La narración avanza por episodios numerados y saltos geográficos: (Ávila/Moraña → Melilla → Toulouse/Burdeos/Saint-Denis → vuelta al pueblo → París/Bruselas en el cierre). No hay un único protagonista: el foco se desplaza como un testigo que cambia de hombro. Nicanor abre el libro como patriarca pragmático; Juan Francisco lo hereda como el hijo que “pinta tubos” en África y luego se convierte en el hilo que une Francia y Castilla; Vicente representa la política como supervivencia oportunista; las mujeres (Bonifacia, Ricarda, Filomena, Juliana, Teodosia) sostienen el tejido emocional y económico cuando los hombres se van o se rompen.El ritmo es deliberadamente irregular: escenas densas de diálogo y negociación comercial alternan con elipses brutales (años de guerra condensados en unos párrafos). Eso genera una sensación de vida real: lo importante no siempre se cuenta en el momento en que ocurre, sino cuando las consecuencias llegan a casa.

El final en primera persona de Ricarda (2026) cierra el círculo con una ironía seca: la “gente feliz no tiene memoria”, pero ella escribe precisamente para que alguien recuerde. Es un gesto meta-narrativo efectivo: la novela se revela como el intento de una descendiente de recuperar lo que la familia prefirió olvidar o embellecer.

Temas centrales: la guerra como clima, no como excepción. La guerra no es el tema; es el clima permanente. Empieza con el Barranco del Lobo y la quinta de Juan; atraviesa la Gran Guerra (negocio del trigo, emigración laboral a Burdeos y Toulouse), la Guerra Civil (evacuaciones, milicias, checas, quinta columna) y deja su poso en la posguerra del hambre, el estraperlo y las herencias disputadas.

Lo original no es la acumulación de hechos históricos (que están bien integrados: Canalejas, Annual, el Turquesa, Calvo Sotelo, el Directorio, la CEDA, etc.), sino el modo en que los personajes los viven como “negocios” o “inconvenientes”. Nicanor y Valentín convierten la neutralidad española y la demanda francesa en oportunidad comercial; Juan repara cañones y luego máquinas de pólvora; Vicente sobrevive cambiando de chaqueta. La novela no moraliza: muestra que la supervivencia exige cinismo, lealtad selectiva y, a veces, traición menor.

El motivo del sustituto (Juan por Valentín) es el núcleo moral más potente. No es heroísmo abstracto; es un contrato familiar con herencia, dinero y deuda emocional. Ese gesto genera una corriente subterránea de culpa y compensación que atraviesa décadas: Valentín intenta “pagar” con negocios; Juan nunca del todo se asienta; los hermanos posteriores heredan la inquietud. La familia es a la vez red de seguridad y cárcel de expectativas.

Otro eje fuerte es la emigración como doble exilio. Francia no es paraíso (olor a carbón, viudas, sabotajes, xenofobia latente), pero ofrece movilidad y una cierta libertad de reinicio que Castilla niega. Toulouse y Saint-Denis funcionan como espacios de aprendizaje (francés, trabajo fabril, maternidad en guerra) donde los personajes se reinventan. El regreso al pueblo después de la Guerra Civil es el verdadero destierro: olor a mierda, pulgas, envidia, y la sensación de que el tiempo se ha detenido mientras ellos han cambiado. La novela captura muy bien esa dislocación: “no había regresado de su viaje”.

Personajes y voz.
Nicanor es el personaje más sólido: comerciante gallego de origen, escéptico de la política, fiel a la frase del Padre Ignacio sobre no forzar el “pliegue” de cada hombre. Su pragmatismo (pagar al contado, descontar letras, mover gente a Burdeos) es admirablemente amoral y a la vez protector. Bonifacia aporta la dimensión afectiva y la capacidad de tejer comunidad (el chocolate a los niños franceses, la tienda como refugio). Juan es el más interesante en su evolución: de quinto impulsivo a hombre que aprende a callar, a reparar, a elegir Francia y luego a quebrarse con la silicosis y la muerte de Ricarda. Su alcoholismo posterior no es cliché; es la forma que encuentra de no mirar el vacío.
Vicente es el antihéroe necesario: envidioso, adaptativo, capaz de pasar de la Asamblea Consultiva al Somatén, de socialistas a monárquicos y de vuelta. No es caricatural; es el producto lógico de un entorno donde la lealtad es un lujo. Las figuras secundarias (Akim, Pere Antich, Gisela, Armand Cruse, el teniente Reinoso) enriquecen el tejido sin sobrecargarlo: cada uno aporta una mirada exterior (el rifeño que entiende el liderazgo como destino, el catalán que se mueve entre pistolerismo y supervivencia, la francesa herida por la Gran Guerra).El estilo es sobrio, con diálogos que suenan a lengua hablada (castellano rural, galleguismos residuales, francés intercalado de forma natural). Hay humor seco y retranca (“Las guerras las hacen los pobres y los pringaos”, “Divide et impera”). Las descripciones sensoriales (olor a crudo y estiércol en Melilla, el calor de la fundición, el polvo de la siega) anclan la historia en lo corporal.
Originalidad y posibles tensiones.
Lo más original es el rechazo a la gran narrativa de “España”. No hay redención colectiva ni lección moral única. La familia sobrevive porque algunos se van, otros se quedan, algunos trafican y otros cuidan niños. El cierre con Ricarda en 2026 es especialmente acertado: convierte la saga en testimonio transmitido y, a la vez, en acto de resistencia contra el olvido voluntario. La última frase sobre los apellidos perdidos y la “gente feliz” que no tiene memoria deja un poso amargo y verdadero.Algunas tensiones (que no restan valor, sino que marcan el carácter del texto): la extensión y la proliferación de hilos secundarios pueden diluir la intensidad emocional en tramos; ciertos personajes (especialmente en la posguerra) aparecen y desaparecen con rapidez; y el tono documental, muy efectivo en lo histórico, a veces aplana la interioridad. Pero esas decisiones parecen deliberadas: la novela privilegia el flujo de la vida sobre el arco dramático clásico.En conjunto, es una historia de Castilla que no se mira el ombligo. Es una novela de fronteras (geográficas, morales, temporales) donde la familia es el único mapa que permanece cuando los mapas políticos se deshacen. La fabulación funciona porque se siente verdadera: no idealiza ni condena; inventaría. Y esa contabilidad —de vidas prestadas, de deudas no saldadas, de risas que sobreviven al polvo— la hace memorable.

El simbolismo de la loba.

En Historia Fabulada de una Familia Castellana, el episodio de la loba (en el apartado titulado precisamente «LA LOBA») no es un simple incidente rural. Funciona como un nudo simbólico denso que concentra varios de los grandes temas de la novela: la supervivencia, la envidia, la ferocidad maternal, la amenaza de lo salvaje sobre lo doméstico y el precio de proteger lo propio.
1. La loba como encarnación de la envidia y la escasez
La descripción inicial es deliberada y cargada:«Iba flaca y amarilla como la envidia, con las mamas hinchadas de leche y los ojos clavados en el rebaño de cabras de Eugenio.»
El color amarillo y la comparación explícita con la envidia la conectan directamente con uno de los hilos conductores de la saga: el «Gran Partido de la Envidia» que Vicente personifica y que recorre el pueblo como una plaga moral. La loba no ataca por pure maldad; ataca porque tiene hambre y crías que alimentar. Es la envidia materializada: el deseo de lo que el otro posee (el rebaño, la seguridad, la abundancia relativa) cuando a uno le falta. En un mundo de guerras, carestías y emigraciones, la envidia no es un vicio abstracto; es una fuerza biológica y social que muerde.

2. Maternalidad feroz y supervivencia a cualquier precio
Las mamas hinchadas de leche son el detalle más poderoso. La loba no es solo depredadora; es madre. Su violencia nace de la necesidad de nutrir a su camada. Este gesto la acerca, de forma inquietante, a varios personajes femeninos de la novela (Bonifacia, Ricarda, Juliana, Filomena, incluso Gisela en su duelo) que, en distintas épocas, se ven obligadas a actuar con una determinación casi animal para proteger o alimentar a los suyos. La loba representa esa dimensión oscura de la maternidad: la que está dispuesta a robar, herir o matar para que los hijos sobrevivan. En un relato donde las guerras «las hacen los pobres y los pringaos», la loba recuerda que la lucha por la vida no siempre es heroica ni limpia.

3. Lo salvaje frente a lo doméstico / el rebaño como familia.

El rebaño de Eugenio, custodiado por Judas y Caifás, funciona como metáfora de la familia Losada-Somoza y, por extensión, de la comunidad rural castellana. Las cabras son el patrimonio, el sustento, la continuidad. La loba surge del lindero del bosque —el umbral entre lo civilizado y lo salvaje— y amenaza con deshacer ese orden. Eugenio, aún niño, se lanza con el cayado: es el momento en que asume, de forma visceral, el rol de protector que antes habían ejercido Nicanor o Juan Francisco. Los nombres de los perros (Judas y Caifás) añaden una capa irónica: los «traidores» bíblicos resultan ser los más leales. La loba, en cambio, es la amenaza externa que no negocia. En el contexto más amplio de la novela (Guerra de África, Gran Guerra, Guerra Civil, posguerra), la loba anticipa todas las fuerzas que «muerden» al rebaño familiar: reclutamientos, evacuaciones, hambre, envidias políticas, muertes prematuras.

4. Iniciación y pérdida de la inocencia

Para Eugenio, el ataque es un rito de paso. Antes de este episodio es un niño que pastorea; después es alguien que ha mirado de frente a la muerte y a la necesidad de defender lo suyo incluso a costa de su propia seguridad. La herida de Judas y la pérdida del chivo marcan que la protección nunca es total: siempre hay un coste. Esta lógica se repite a lo largo de la saga: cada generación salva algo (la vida de un hermano, el negocio, los hijos) pero pierde otra cosa (la inocencia, la salud, la posibilidad de regresar del todo).

5. Resonancias posteriores

Aunque el ataque físico ocurre en un momento concreto, la loba deja un eco. En el cierre narrado por Ricarda se menciona, casi de pasada, que a Claudine «también le perseguía una loba desde niña». El símbolo se expande: ya no es solo un animal, sino una presencia interior o una sombra que acompaña a quienes han conocido la escasez, la pérdida o la necesidad de sobrevivir en un mundo hostil. La loba se convierte en la figura de lo que no se puede domesticar del todo: el hambre, el resentimiento, la memoria de lo que se arrebató.En resumen, la loba no es un monstruo externo ni un simple elemento de color local. Es el rostro animal de las fuerzas que atraviesan toda la novela: la envidia que nace de la falta, la maternidad que se vuelve feroz, la amenaza de lo salvaje sobre el precario orden familiar, y la lección de que proteger el rebaño siempre tiene un precio. En una historia «fabulada», este episodio funciona como una fábula concentrada: el niño, los perros traidores-leales y la loba amarilla de envidia resumen, en unas pocas páginas, el drama de varias generaciones.

El simbolismo de la guerra en la novela

El simbolismo de la guerra en Historia Fabulada de una Familia CastellanaEn la novela, la guerra no es un acontecimiento excepcional ni un telón de fondo histórico. Es el clima permanente de la existencia familiar: un estado de cosas que se repite con distintas máscaras (África, Europa, la Guerra Civil, la posguerra) y que obliga a cada generación a adaptarse, a callar, a negociar o a huir. El simbolismo de la guerra se construye de forma acumulativa, a través de olores, contratos, reparaciones mecánicas, deudas emocionales y silencios. No hay una gran lección moral única; hay una contabilidad de costes.

1. La guerra como clima y como “djinn” interior.

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La NADA


La regla del juego político es fácil de recordar: todo lo que es legítimo está prohibido y todo lo criminal, consentido. No es nada nuevo, pero con la acelerada decadencia de la sociedad español, adquiere tintes esperpénticos. Los desastrosos incendios del Valle del Alberche, del Valle del Tiétar y de la Sierra de Madrid nos han recordado el alto coste de consentir los desmanes de una administración impune en la que cada títere con un ápice de poder de decisión ha convertido sus atribuciones en una pequeña Taifa impune.

Hace algo más de cien años, el Borbón que ocupó el trono impulsó la Ley de Parques Naturales, bajo la influencia de los lamentables puritanos norteamericanos. Los entornos rurales dejaban de pertenecer a los pueblos nativos que los habían cuidado y moldeado durante siglos, con mimo y tesón, sin jamás pedir un céntimo a nadie, para convertirse en cotos reservados supuestamente protegidos.

Esa milonga de que había que “proteger” la naturaleza se ha repetido como excusa durante cien años, hasta convertirse en un mantra y en el dogma más reconocible de las sectas ecologistas. En realidad, desde hace cien años, los “entornos protegidos” son “espacios intervenidos” por la administración para hacer la vida imposible a las poblaciones locales. En EEUU, se trataba de expulsar a los indios nativos de sus tierras y en España, más de lo mismo.

La ideología neofeudal que inspira todos esos delirios ecologistas ha llenado los “parques naturales” de alimañas y parásitos, de zarzas y malas hierbas. El Valle del Iruelas, antaño un jardín cuidado, es desde hace años un coto de caza privado en el que cuatro políticos corruptos y sus lacayos van a pegar tiros y a coger boletus.

Con el pretexto de “proteger el entorno”, impiden que los vecinos de esos pueblos puedan mejorar sus circunstancias con arreglo a las comodidades del siglo, ni dedicarse a nada que rompa la estampa turística que reclaman los urbanitas. Como escribí hace más de veinte años con motivo de la modernización de la Plaza Santa Teresa, los más listos y aprovechados se convierten en figurantes de 8 a 3.

Durante la reciente visita que hicimos al abrasado Valle Iruelas, nos sorprendió descubrir que, en la Casa del Parque, con horario de oficina, lo único que se puede visitar es al funcionario de la Junta de Castilla y León que allí espera la jubilación. Se revuelven en su tumba todos esos hombres que, azadón en mano, cuidaron el monte durante siglos.
El Valle Iruelas, que presumía de ser un “entorno protegido” solo era un espacio intervenido por la administración. Ha bastado una chispa para reducirlo a cenizas.

Un vecino de La Rinconada cogió un bote de pintura blanca y, en un arranque de inesperada lucidez, dejó retrata a esa España que castiga lo legítimo y premia lo criminal. La Rinconada, ese pueblo idílico que vio nacer a María Valles,mi abuela, ha quedado en Nada.

El Borbón impune que intervino el Valle a sueldo de los puritanos nihilistas se descojona en su tumba de El Escorial.

1914-1918: El Big Bang de la USURA


La Primera Guerra Mundial fue una guerra de paradigmas, una verdadera guerra de religión en sentido antropológico, que no enfrentaba ejércitos por simples intereses territoriales o alianzas accidentales, sino dos visiones incompatibles de cómo organizar la vida humana: por un lado, el viejo ideal del Valor universalista, del Justiprecio y de una cohesión que trasciende las fronteras; por el otro, el paradigma de la Usura, que necesita fragmentar las sociedades en naciones rivales, sustituir la moral compartida por el nacionalismo romántico y convertir el dinero en una máquina de apropiación infinita.

El “diabolos” —el que divide— hizo su trabajo: re-ligó a millones de hombres alrededor de banderas locales mientras disolvía cualquier resto de orden moral universal. Lo que el historiador David Stevenson llama “tragedia política” fue, en realidad, el momento en que el nuevo paradigma dominante impuso su lógica a sangre y fuego, pagando con diez millones de muertos el precio de su victoria temporal. Al finalizar la guerra civil que fulminó el Imperio Ortodoxo de los Tsares de Rusia, y remitir la epidemia de gripe, más de 30 millones de personas habían perdido la vida en la Vieja Europa. La Fe popular en un Dios de Amor, que ampara la Justicia, el Valor y el Mérito, había quedado arruinada.

Imaginemos que la Historia no es un caos sin sentido, sino un continuo Big Bang. De vez en cuando, todo se precipita en un punto cero, como el agua de una bañera por el desagüe. En julio de 1914 ocurrió uno de esos momentos.

El asesinato de Sarajevo fue solo la chispa. El verdadero combustible llevaba décadas acumulándose: el lento paso del viejo mundo del Valor real (trabajo por bienes, intercambio justo, patrón oro como aval tangible) hacia la estación de la Usura. En ese verano, Europa ya vivía en la tercera estación del ciclo: el dinero ya no era solo un medio de cambio. Se había convertido en una promesa vacía que genera más promesas, interés sobre tiempo futuro, deuda que se multiplica sin respaldo físico suficiente. Los bancos y los Estados jugaban con fuego crediticio. El patrón oro clásico seguía ahí, pero estaba tenso, como un dique a punto de reventar.

Entonces los acontecimientos se precipitaron por el embudo de la Historia. En pocas semanas, decisiones en Viena, Berlín, París, Londres y San Petersburgo se encadenaron casi automáticamente. Nadie controlaba del todo el proceso, pero todos actuaban dentro de la misma lógica: miedo a perder prestigio, miedo a la revolución interna, miedo a que el vecino se haga más fuerte. El nacionalismo —esa religión civil moderna— funcionó como pegamento de emergencia. La Union Sacrée en Francia, el Burgfrieden en Alemania: todos dejaron de pelearse entre ellos para matarse contra “el otro”. Divide y vencerás, versión 1914. Era el mecanismo perfecto del paradigma dominante: romper cualquier resto de cohesión universalista (esa idea antigua del bien común, del justiprecio, de una moral que trasciende las fronteras) y re-ligar a las masas alrededor del ídolo nacional. Católicos contra católicos, protestantes contra protestantes. Todos defendiendo “su” bandera mientras la máquina de la guerra devoraba vidas y generaba deuda.

En 1915 casi todos los países suspendieron el oro. Imprimieron dinero, emitieron bonos de guerra, inflaron la economía. Fue el salto definitivo a la Usura pura: se cobraba por anticipado el trabajo y los recursos de las generaciones futuras. La guerra ya no se financiaba con riqueza real, sino con promesas. Cuatro años después, imperios enteros se derrumbaron. Surgieron revoluciones. Se impusieron reparaciones imposibles. La inflación y la crisis de los años veinte ya estaban cocinándose.

El Tratado de Versalles no fue una paz: fue el primer paso hacia la siguiente estación, la de la Apropiación, donde el poder (financiero y político) se queda directamente con los recursos y con las sociedades. Los historiadores como Stevenson ven una tragedia política racional: cálculos, errores, sunk cost. Tienen razón en lo superficial. Pero no ven la estructura evanescente debajo. 1914 no fue un accidente. Fue el momento cero en que el paradigma de la Usura, ya maduro, usó el nacionalismo romántico y la guerra industrial para avanzar y sustituir al paradigma del Justiprecio. Los líderes creían que controlaban el juego, pero en realidad, solo eran las piezas y los engranajes de una máquina de guerra diabólica.

La historia es un big bang continuo que contrae y expande el tiempo. En 1914, precipitó la vida de millones se seres humanos por ese punto de desagüe.

La teoría del Big Bang

(Belge)

Nunca formaría parte de un club que me admitiera como socio. Pero toda regla tiene su excepción.