La guerra, de entrada, como que no.


En el eco de aquella manifestación del PSOE contra la OTAN, Felipe González nos enseñó una lección amarga: las promesas políticas pueden ser un velo que oculta la permanencia en alianzas belicosas. «De entrada, no», decían los carteles, pero España entró y se quedó.
Hoy, en marzo de 2026, bajo la «Operación Epic Fury» de Trump, Estados Unidos repite el guion con Irán, invocando una amenaza nuclear inminente que, como en Irak 2003, huele a engaño deliberado. Recordemos: en 2003, la inteligencia estadounidense fabricó pruebas de armas de destrucción masiva para justificar una invasión que costó cientos de miles de vidas. Fue un acto diabólico, no solo por la muerte, sino por el quiebre de la verdad. Si un mentiroso miente una vez con tal magnitud, ¿puede redimirse? La lógica formal nos dice que no. Un mentiroso absoluto, como el Diablo, no puede decir la verdad; su naturaleza es expandir el mal, contagiarlo a través de planos existenciales falsos.

Wittgenstein lo intuyó en su Tractatus: el lenguaje crea universos acotados, superpuestos, pero el mentiroso los pervierte, generando realidades simbólicas vacías. Sin fe —ese salto kierkegaardiano más allá de lo comunicable—, el lenguaje se reduce a sonidos huecos, a proposiciones sin esencia. El animal, en su plano único, nunca miente: ve, comunica, sobrevive sin invocar al Diablo. Es lo que es. Estados Unidos, al cruzar esa línea en 2003, se convirtió en ese mentiroso absoluto. Todo lo que dice sobre Irán —que reconstruía un programa nuclear estructurado, que la amenaza era inminente— es mentira por definición. Aunque Rafael Grossi, de la IAEA, repita el 2 de marzo de 2026 que «no vemos un programa estructurado para fabricar armas nucleares», y que no hay daños en instalaciones clave, su coincidencia con la narrativa yanqui solo revela el contagio: el mal se expande por miedo, codicia, ira geopolítica.

Irán no tiene armas nucleares operativas; su stock de uranio al 60 % es riesgoso, pero no inminente. Trump exagera para justificar bombardeos masivos, hundimientos de barcos, escalada en Ormuz. Es unilateralismo agresivo, sin ONU, sin aliados genuinos. Europa, España incluida, calla o asiente, recordando el «de entrada, no» que se volvió sí. Esta agresión no es defensa; es pretexto para cambio de régimen, expansión imperial. El problema que plantea EEUU es existencial: un poder que miente sistemáticamente erosiona la fe en el lenguaje internacional, en los tratados, en la paz.

Sin verdad, solo queda la existencia política, el contagio del Mal. Kierkegaard lo vio: hay un salto de fe más allá de lo comunicable. Pero el mentiroso absoluto no salta; genera infinitos planos falsos para justificar la guerra. De lo que no se puede hablar —la verdad muda—, hay que callar, o hablar solo con Dios. Pero en política, el silencio es complicidad.

La guerra, de entrada, como que no. No por cobardía, sino por lógica: si el agresor es un mentiroso eterno, su justificación es siempre falsa. España lo sabe desde González; el mundo, desde Irak. Irán 2026 es un eco diabólico de todas las mentiras del pasado: no caigamos de nuevo en esa trampa. La primera vez que el Diablo te engaña, la culpa es suya. La segunda vez, la culpa es tuya. Luego, ya forma parte del MAL.

(Belge)

El 23F explicado a un niño de 6 años:


Para entender lo que ocurrió hace 45 años, en el Congreso de los Diputados, hay que explicárselo a un niño de 6 años. El 23F de Tejero fue la escenificación que blindó el golpe real.

El verdadero golpe de estado no ocurrió el 23 de febrero de 1981. Ocurrió semanas antes, en la penumbra de la Zarzuela y los cuarteles, cuando el Rey Juan Carlos, bajo presión estadounidense y ante el malestar creciente del Ejército por ETA y la crisis económica, forzó la dimisión de Adolfo Suárez mediante amenazas directas de sublevación si no abandonaba la Moncloa.

Suárez no era un actor político cualquiera. Surgió como el hombre inesperado que, desde el magnicidio de Luis Carrero Blanco en diciembre de 1973 —operación que, según la lógica de los hechos, abrió la vía a la cesión del Sáhara que el almirante se negaba a entregar—, comenzó a desbaratar sistemáticamente las tácticas de Washington para controlar la Transición.

Abundan los testimonios directos que recogen cómo esa presión regia llegó a ser amenaza explícita: si no se iba, el riesgo de sublevación militar sería inminente. Suárez, que había consolidado su figura de estadista al legalizar el Partido Comunista y fragmentar el voto de izquierda, se había convertido en obstáculo insoportable para Washington, la CIA y la propia Corona.

En aquella reunión que precipitó la “dimisión” de Suárez, debieron elegir a Leopoldo Calvo-Sotelo como candidato de consenso: era el hombre partidario de la OTAN, aceptable para el Rey, el Ejército, EEUU y el propio dimisionario en su salida controlada. Sin embargo, el Rey y la CIA aspiraban a algo más profundo: que el PSOE alcanzara el poder cuanto antes para alinear definitivamente a España con sus intereses estratégicos en el Magreb y el Sáhara Occidental. En el Congreso, la mayoría de los grupos —incluidos nacionalistas y socialistas— empujaban en esa misma dirección, pidiendo elecciones anticipadas inmediatas, dada la fractura irreversible de UCD.

El sector militar encarnado por Armada y Milans del Bosch rechazaba entregar el país a AP, nacionalistas, socialistas o comunistas. Su meta era que, a falta de un candidato fuerte, Calvo-Sotelo fuera investido de inmediato. El Rey aparentó sellar el pacto por Calvo-Sotelo, pero había susurrado al oído del general Armada un plan alternativo: presentar un segundo candidato que le abriera la puerta del Gobierno al PSOE. Milans del Bosch, al constatar que el Rey y Armada se la habían jugado, y Calvo-Sotelo no lograría la mayoría simple en segunda votación, decidió romper la baraja. Sacó tanques a las calles de Valencia en una escenificación de fuerza deliberada y despachó a su hombre de confianza, Antonio Tejero, al Congreso para bloquear la sesión de investidura e impedir la entrada de Armada. La consigna debió ser hacer un poco de ruido y disparar al techo, y convocar a la máxima autoridad militar vigente como quien invoca a un fantasma en una sesión de espiritismo. Milans del Bosch creía saber lo que estaba haciendo, cerrando la puerta a la posibilidad de un segundo candidato y desbaratando el plan del Rey y la CIA, pero en realidad, estaba llevando al PSOE en volandas hacia la Moncloa.

El Rey, enfrentado al caos que él mismo había contribuido a crear, no tuvo más salida que abortar la operación alternativa y aceptar la investidura inmediata de Calvo-Sotelo, retornando al guion original. En el juicio de 1982, Armada solicitó por escrito permiso al Rey para declarar y exponer su verdad completa; se lo negaron, pero su gesto dejó grabado en actas que siempre había obedecido órdenes superiores. El comandante José Cortina, figura clave de los servicios de inteligencia con contactos previos con el embajador estadounidense, amenazó con aclarar toda la verdad sobre el asesinato de Carrero Blanco si alguien intentaba que cargara con el “marrón” del 23-F.

La CIA y el PSOE asumieron Calvo-Sotelo como mal menor transitorio, empleándose a fondo para desgastar su gobierno. Un mes después, Calvo Sotelo se vio golpeado por la crisis del síndrome tóxico del aceite de colza; su gobierno quedó tocado de un modo irreversible. El PSOE ganó las elecciones de octubre de 1982 y ha dominado la vida política española durante más de cuatro décadas —con alianzas nacionalistas, control institucional y respaldo estadounidense—, culminando ese ciclo estratégico con el reconocimiento oficial de la soberanía marroquí sobre el Sáhara en marzo de 2022.

El 23 de febrero no fue un golpe de estado fallido, fue la escenificación “dura” que dinamitó el golpe blando pactado y aseguró, paradójicamente, que el golpe de estado contra Suárez, que había sido una verdadera chapuza, alcanzara su objetivo real.

EL PP de Feijoo vuelve a fallar en Aragón


El resultado de las elecciones autonómicas en Aragón del 8 de febrero de 2026 confirma, una vez más, que el sistema electoral español —con su ley D’Hondt aplicada a circunscripciones provinciales— actúa como un amortiguador formidable contra cualquier giro drástico en el mapa político nacional. Lejos de ser un “tsunami” o un “colapso”, lo ocurrido en Zaragoza, Huesca y Teruel es la expresión previsible de la mecánica que lleva dos décadas gobernando los resultados reales en España. Recordemos el corolario básico de D’Hondt en nuestro sistema: en las provincias con 3 a 6 escaños (que suman alrededor de 140-150 diputados en total), los tres primeros puestos están casi blindados. El primero se lleva el escaño 1, el segundo el 2, y el tercero suele llevarse el 3 salvo que el líder lo doble con holgura. El resto de escaños (unos 200) se reparten de forma casi proporcional en las grandes circunscripciones urbanas: Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Alicante, Málaga…En el escenario actual —con el PSOE resistiendo entre el 25 y el 28 %, el PP sin superar el 33 % y Vox rozando el 20 %—, el reparto estructural y proporcional arroja una fotografía muy parecida a la que venimos anticipando desde hace tiempo: Estructurales (≈145 escaños)

PP: 48-52
PSOE: 50-54
Vox: 35-42 (entra como tercera fuerza en muchas provincias medias donde supera el 15-18 % sin ser doblado por el PP)Proporcionales/urbanos (≈205 escaños)

Con un reparto nacional aproximado del 32-33 % PP, 26-27 % PSOE y 18-19 % Vox:
PP: 65-70
PSOE: 53-58
Vox: 38-45Total aproximado (350 escaños)
PP: 113-122 (media 115-118)
PSOE: 103-112 (media 108-110)
Vox: 73-87 (media 78-80, muy cerca de los 75 si Vox se queda en 18-19 %)
Sumar/Podemos: 10-15
Nacionalistas y regionales: 30-35 (ERC 7-9, Bildu 5-6, PNV 5, BNG 2, CC 1-2…)El bloque PP + Vox sumaría alrededor de 190-205 escaños: cerca de la mayoría absoluta (176), pero sin holgura cómoda y con Vox en posición de exigir ministerios clave que el PP difícilmente cederá sin fracturarse internamente. Por comunidades, el panorama es coherente con esta lógica:

• Andalucía (61): PP 22-24, PSOE 20-22, Vox 10-12
• Cataluña (48): PSC/PSOE 18-20, ERC 7-9, Junts 6-8, Vox 4-6
• Madrid (37): PP 13-15, PSOE 10-11, Vox 7-8
• C. Valenciana (32): PP 11-13, PSOE 9-11, Vox 6-7
• Galicia (23): PP 11-13, PSOE 7-8, BNG 2, Vox 2-3
• Castilla y León (31): PP 12-14, PSOE 7-9, Vox 5-7
• Castilla-La Mancha (21): PSOE 8-10, PP 7-9, Vox 3-4
• Canarias (15): PSOE 5-6, CC 3-4, PP 3-4, Vox 1-2
• Aragón (15): PP 5-6, PSOE 4-5, Vox 3
• Murcia (10): PP 4, PSOE 3, Vox 2-3
• Extremadura (10): PSOE 4-5, PP 3-4, Vox 1-2
• Asturias (7), Baleares (8), Navarra (5), Cantabria (5), La Rioja (4), Ceuta/Melilla (2): repartos menores pero coherentes con el sesgo estructural.

IU/Podemos no logra recuperarse (se quedan en residuales), y los partidos nacionalistas y clientelares mantienen sus feudos sin sobresaltos. Conclusión: el PSOE resiste en su suelo estructural gracias a su red histórica en provincias medianas y rurales; el PP no capitaliza plenamente el desgaste del Gobierno porque Vox le roba terceros puestos sin que el PP lo doble; Vox crece de forma eficiente en escaños sin necesidad de un volumen masivo de votos nuevos. En este tablero, nadie en el bloque de investidura actual tiene prisa por adelantar las generales. Aguantar hasta el verano/otoño de 2027 (o incluso más allá en funciones si hay bloqueo de investidura) es la opción racional. Bastará con un “conejo de la chistera” —mejora económica visible, resolución favorable en causas judiciales, error del PP en Castilla y León o municipales, o simple movilización de la abstención progresista— para limitar al PP a un resultado ganador pero no arrollador, y forzar otro ciclo de negociación o funciones prolongadas. El sistema, una vez más, hace su trabajo: frena extremos y premia la resistencia.

La España Uropea ha descarrilado


En el cuadro que dibuja el imaginario colectivo, indignado por la intención maléfica que han manifestado los puritanos de privar a las víctimas de un funeral católico, solo falta que le pinten una peineta negra a la reina María Cristina. Es el mejor retrato de lo que ha devenido España desde que Siemens le ganó a Talgo la batalla de la Alta Velocidad y Baja Política.

Nunca formaría parte de un club que me admitiera como socio. Pero toda regla tiene su excepción.