1914-1918: El Big Bang de la USURA


La Primera Guerra Mundial fue una guerra de paradigmas, una verdadera guerra de religión en sentido antropológico, que no enfrentaba ejércitos por simples intereses territoriales o alianzas accidentales, sino dos visiones incompatibles de cómo organizar la vida humana: por un lado, el viejo ideal del Valor universalista, del Justiprecio y de una cohesión que trasciende las fronteras; por el otro, el paradigma de la Usura, que necesita fragmentar las sociedades en naciones rivales, sustituir la moral compartida por el nacionalismo romántico y convertir el dinero en una máquina de apropiación infinita.

El “diabolos” —el que divide— hizo su trabajo: re-ligó a millones de hombres alrededor de banderas locales mientras disolvía cualquier resto de orden moral universal. Lo que el historiador David Stevenson llama “tragedia política” fue, en realidad, el momento en que el nuevo paradigma dominante impuso su lógica a sangre y fuego, pagando con diez millones de muertos el precio de su victoria temporal. Al finalizar la guerra civil que fulminó el Imperio Ortodoxo de los Tsares de Rusia, y remitir la epidemia de gripe, más de 30 millones de personas habían perdido la vida en la Vieja Europa. La Fe popular en un Dios de Amor, que ampara la Justicia, el Valor y el Mérito, había quedado arruinada.

Imaginemos que la Historia no es un caos sin sentido, sino un continuo Big Bang. De vez en cuando, todo se precipita en un punto cero, como el agua de una bañera por el desagüe. En julio de 1914 ocurrió uno de esos momentos.

El asesinato de Sarajevo fue solo la chispa. El verdadero combustible llevaba décadas acumulándose: el lento paso del viejo mundo del Valor real (trabajo por bienes, intercambio justo, patrón oro como aval tangible) hacia la estación de la Usura. En ese verano, Europa ya vivía en la tercera estación del ciclo: el dinero ya no era solo un medio de cambio. Se había convertido en una promesa vacía que genera más promesas, interés sobre tiempo futuro, deuda que se multiplica sin respaldo físico suficiente. Los bancos y los Estados jugaban con fuego crediticio. El patrón oro clásico seguía ahí, pero estaba tenso, como un dique a punto de reventar.

Entonces los acontecimientos se precipitaron por el embudo de la Historia. En pocas semanas, decisiones en Viena, Berlín, París, Londres y San Petersburgo se encadenaron casi automáticamente. Nadie controlaba del todo el proceso, pero todos actuaban dentro de la misma lógica: miedo a perder prestigio, miedo a la revolución interna, miedo a que el vecino se haga más fuerte. El nacionalismo —esa religión civil moderna— funcionó como pegamento de emergencia. La Union Sacrée en Francia, el Burgfrieden en Alemania: todos dejaron de pelearse entre ellos para matarse contra “el otro”. Divide y vencerás, versión 1914. Era el mecanismo perfecto del paradigma dominante: romper cualquier resto de cohesión universalista (esa idea antigua del bien común, del justiprecio, de una moral que trasciende las fronteras) y re-ligar a las masas alrededor del ídolo nacional. Católicos contra católicos, protestantes contra protestantes. Todos defendiendo “su” bandera mientras la máquina de la guerra devoraba vidas y generaba deuda.

En 1915 casi todos los países suspendieron el oro. Imprimieron dinero, emitieron bonos de guerra, inflaron la economía. Fue el salto definitivo a la Usura pura: se cobraba por anticipado el trabajo y los recursos de las generaciones futuras. La guerra ya no se financiaba con riqueza real, sino con promesas. Cuatro años después, imperios enteros se derrumbaron. Surgieron revoluciones. Se impusieron reparaciones imposibles. La inflación y la crisis de los años veinte ya estaban cocinándose.

El Tratado de Versalles no fue una paz: fue el primer paso hacia la siguiente estación, la de la Apropiación, donde el poder (financiero y político) se queda directamente con los recursos y con las sociedades. Los historiadores como Stevenson ven una tragedia política racional: cálculos, errores, sunk cost. Tienen razón en lo superficial. Pero no ven la estructura evanescente debajo. 1914 no fue un accidente. Fue el momento cero en que el paradigma de la Usura, ya maduro, usó el nacionalismo romántico y la guerra industrial para avanzar y sustituir al paradigma del Justiprecio. Los líderes creían que controlaban el juego, pero en realidad, solo eran las piezas y los engranajes de una máquina de guerra diabólica.

La historia es un big bang continuo que contrae y expande el tiempo. En 1914, precipitó la vida de millones se seres humanos por ese punto de desagüe.

La teoría del Big Bang

(Belge)

Garbage in, garbage out


Los primeros programadores de IBM lo dejaron dicho para la posteridad. Mierda por dentro, mierda por fuera. O cómo la inteligencia artificial convierte una cagada humana de toda la vida en una masacre de 180 niñas en una escuela de Irán. Los primeros programadores de IBM ya conocían el percal del mundo que se nos venía encima.

Recordemos los hechos. El 28 de febrero de 2026, durante el primer día de la campaña de bombardeos sobre Irán, un misil Tomahawk (made in USA) impacta de lleno en la escuela primaria Shajareh Tayyebeh de Minab. Resultado: entre 165 y 180 niñas de entre 7 y 12 años muertas. El objetivo, según la base de datos de inteligencia, era “una instalación naval del IRGC”, pero esa “instalación” había dejado de serlo hace más de diez años. La escuela se separó de la base militar con muros, se convirtió en centro educativo civil y llevaba una década funcionando como tal. En la base de datos de Palantir Gotham, la IA que usan los generales del Pentágono, seguía apareciendo como objetivo militar. Datos viejos. Basura de 2013. Nadie la había actualizado desde la época de Obama.

En teoría, la IA no decide sola, no pulsa el botón, solo procesa los datos que le metieron. Garbage in, garbage out. Pero si los políticos y generales de turno, gente más vaga que racional, supervisa lo justo y se limita a darle el OK, porque el algoritmo es muy listo y lo sabe todo, puede ocurrir lo que les decía el legendario Alfredo Di Stefano a sus porteros: “Che, las pelotas que vayan dentro, déjelas, pero por favor, no te metas las que vayan fuera”.

Eso de las guerras preventivas, sobre el papel suena siempre genial. Pretendían ser ángeles tecnológicos: guerra quirúrgica, inteligencia aumentada, targeting preciso, “nunca más errores como en Irak y en Afganistán”. Iban a elevarse por encima del bien y del mal, por encima de la estupidez humana, con algoritmos y big data. Iban a ser razonables, modernos, eficientes. Pero en lugar de eso, ha ocurrido exactamente lo que decía el filósofo Blaise Pascal: «L’homme n’est ni ange ni bête, et le malheur veut que qui veut faire l’ange fait la bête». La mayor bestialidad que, en realidad, es la misma estupidez de siempre,- mezcla explosiva de pereza, incompetencia y exceso de confianza —, solo que ahora va turboalimentada por Palantir Gotham. La cagada humana clásica se ha convertido en cagada aumentada. Mierda por dentro (datos viejos), mierda por fuera (168 niñas muertas).

Sin embargo, aquí es donde la cosa se pone política y merece párrafo aparte, porque no estamos hablando de un simple fallo técnico. Esta no fue una operación de respuesta a un ataque inminente. Esta es una guerra preventiva decidida y ejecutada bajo la doctrina Trump 2.0: “golpea primero, piensa después”. Si el instrumento elegido para golpear primero es, precisamente, Palantir Gotham, la misma IA que fusiona en tiempo real miles de fuentes de inteligencia, prioriza objetivos y sugiere strikes masivos, entonces tenemos un problema. Si la decisión estratégica de lanzar esta campaña preventiva —y la selección concreta de más de mil objetivos en las primeras horas— dependió en grado tan alto de una herramienta cuyo input estaba comprometido (o manipulado) desde hace una década, entonces el comandante en jefe que la autorizó tiene un problema de incapacidad manifiesta.

Donald Trump debe dimitir o ser cesado. No por “delegar en la IA” como si fuera un autómata malvado, sino por algo mucho más grave: por haber convertido la presidencia en un cargo de mero validador de algoritmos sin exigir que la cadena de mando humana hiciera su fucking job. Cuando el presidente de Estados Unidos permite que una guerra preventiva de esta magnitud se lance sobre la base de datos caducados que nadie se ha molestado en actualizar, ya no estamos ante el error de inteligencia, la clásica y repetida cagada política. Estamos ante una abdicación de responsabilidad presidencial. Eso es incapacidad manifiesta para ejercer el cargo.

Los mismos generales que ayer presumían de “revolución en asuntos militares” hoy hablan de “investigación en curso” y “datos desactualizados”. Claro. Como si el problema fuera un archivo mal etiquetado y no la arrogancia de creer que la tecnología nos iba a redimir de ser humanos. No falló la máquina, falló la supervisión humana. Falló la humildad. Falló la capacidad de admitir que, por muy sofisticado que sea un algoritmo, al final siempre hay un señor con galones que tiene que mirar la pantalla y decir, como en las pelis americanas de jolivú: “Un momento…”.

Lástima que en la vida real haya más bestias sedientas de sangre que ángeles.

(Belge)

Nunca formaría parte de un club que me admitiera como socio. Pero toda regla tiene su excepción.