Año cero. Día 14. La Vuelta al Cole

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Pedro Sánchez y sus chicas se preparan para la Vuelta al Cole. ¡Qué nervios! Han estado 6 meses jugando en la calle, sin horario, y ahora están morenitas y asilvestradas. Lucen escote y presumen de sus noches turcas con los jóvenes Erasmus de la cosa socialista. La vida de la Casta Política es así de dura.

Llega la repesca de septiembre, ¡y no han abierto ni un libro! Toca estudiar hasta la madrugada. Se meten de todo para mantenerse despiertas, pero lo que Naturaleza no da, Salamanca no presta. Gritan que es muy injusto, lloran, hacen aspavientos y culpan a todo Dios: ellas son rebeldes porque el mundo las ha hecho así.

Los partidos políticos de la Moción de Censura del 1 de junio no quisieron formar gobierno el 28 de abril, a pesar de contar con una mayoría absoluta de 180 diputados. Se trataba de escenificar la boda a la vuelta de las vacaciones. Las modas son así. Los chicos de la Generación Botellón no quieren bodorrios, pero se van 3 o 4 veces de despedida de solteros, y luego de vacaciones con la pareja a sitios exóticos. Celebraron la preboda el 23 de julio en Madrid, más que nada para las familias, pero algo debió salir mal. Que si no te pusiste la corbata, que si llegaste tarde, que si tus parientes son unos impresentables, y esas cosas….Ahora, casi no queda tiempo para mandar las invitaciones.

La Boda, por lo civil y en el Salón de Pasos Perdidos del Tribunal Supremo. Así se desprende del artículo 99 de la Constitución. Es el juez Marchena el encargado de escuchar el Sí Quiero de Pablo Iglesias y certificar las nupcias. Las chicas del Presi y sus lacayos de los medios están histéricos, pero el protocolo manda en estos casos. El Psoe no puede presentar ningún candidato a la Investidura si no existe un acuerdo previo con Podemos.

Para que todos los amigos de Inlucro lo entiendan, el art 99 de la Constitución es algo así como un test de embarazo. La criatura lo está, o no lo está. Si el Psoe de Pedro Sánchez quedó preñado, no puede haber gobierno de cópula; si no está embarazado, no pueden forzarle a contraer matrimonio. Sólo puede casarse con Podemos. Y aquí llega la pregunta pertinente: ¿por qué iba Pablo Iglesias a escenificar una humillante ruptura en el Altar?

La respuesta lógica es interesante: o bien el Psoe de Sánchez ha cometido un burdo fraude de ley al ocultar un pacto de gobierno y demorar 6 meses el arranque de la legislatura, o bien el Rey Felipe VI está obligado a proponer a Albert Rivera como posible candidato a formar gobierno, con el apoyo de 147 diputados y la abstención de los diputados del Psoe y de Podemos. Dicho de un modo más sencillo y directo: Pablo Iglesias puede dejar en evidencia que el Psoe de Sánchez se comprometió a Indultar a Oriol Junqueras y a convocar una consulta vinculante en Cataluña. Está en su mano castigar su traición.

© Belge

La colonización marxista del Reino del Kongo

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Ya sea por razones fisiológicas, por sesgo cognitivo o pereza ideológica, suele ocurrir que lo evidente es lo último que se ve. Un buen libro cumple su función cuando descubre al profano la lógica oculta de las cosas que pasan. Congo lo es. Desde la primera página, es un bofetón de realidad con la mano abierta. El tono elegido para el relato es idóneo.

Empezaré por una anécdota extraña. Cuenta David Van Reibrouck que el invento de un humilde veterinario escocés salvó a Leopoldo II de la quiebra más absoluta. Un golpe de fortuna extraordinario. El libre comercio había arruinado a Leopoldo II, al convertirlo en propietario de un territorio tan vasto como el continente europeo del que no conseguía extraer ninguna renta. El neumático de Dunlop revolucionaba toda la Industria, convertía el Estado Libre del Congo en el primer exportador mundial de caucho y al monarca belga de origen alemán en el hombre más rico de la Vía Láctea.

La extracción del preciado latex de las lianas de caucho devino una despiadada servidumbre, una manera de pagar impuestos al Rey de los Belgas. Los habitantes del inmenso Reino del Kongo fueron reducidos, de facto, a la esclavitud. Los funcionarios y empleados del Monarca iban a comisión en el lucrativo negocio y no dudaban en emplear la fuerza y la violencia para incrementar la producción. En lugar de incentivos, los nativos recibían balas. Locura y terror en el corazón de las tinieblas.

Los mercenarios locales, armados por Leopoldo II, disparaban con pólvora del Rey. Para evitar los abusos, y que se dedicaran a la caza furtiva para alimentar a sus propias familias, los funcionarios belgas les obligaban a justificar cada bala que disparaban. De ese modo nació la curiosa costumbre de amputar la mano derecha a los recolectores de caucho a los que asesinaban por no cumplir con la producción de latex asignada.

La globalización y la revolución industrial empezaron, como se ve, de un modo absurdo. El libre comercio en África Central provocó un genocidio y una catástrofe humanitaria sin precedentes, cuyas consecuencias se prolongan hasta hoy. A tientas, y sin proponérselo realmente, Leopoldo II de Sajonia-Coburgo-Gotha había inventado una nueva forma de colonización.

El Reparto de África

La colonización tardía del Congo fue el preámbulo del siglo XXI. Por resumir: los sueños de la razón positivista y de la globalización comercial producen monstruos. La locura nihilista que se deriva del Idealismo Alemán lleva dos siglos causando estragos en todo el planeta. La taxonomía tribalista que ha desolado Europa y África, con barniz de ciencia etnográfica, no es sino la enésima mutación del rancio feudalismo germano. Nos engañaron a todos con la historia de las naciones y pueblos europeos y nos han tomado el pelo con el cuento de las tribus africanas. Con las mismas coartadas científicas, los mismos embustes culturales y las mismas finalidades políticas.

Fue algo realmente fortuito.Fue el azar y no la necesidad el que impulsó a Leopoldo II de Sajonia-Coburgo-Gotha a inventar una nueva fórmula de colonización. Bélgica, un estado tampón creado para separar a católicos y protestantes de Francia y Alemania, era demasiado insignificante para aspirar a nada en el nuevo reparto colonial de los territorios del ancho mundo. Berlín, la capital del Reich, llegaba tarde a la fiesta y no sabía muy bien cómo romper la baraja. Leopoldo II era hijo de Leopoldo, un ambicioso y calculador príncipe alemán al que Francia había vetado en España. Tras quedar apartado del trono Inglés, y rechazar el de Grecia, había acabado por aceptar ser el Rey de los Belgas. Y de alguna manera extraña, todas las grandes cancillerías de la época debieron considerar que quedaban en deuda con aquel providencial aliado.

Con el pretexto de cartografiar el río Congo, Leopoldo II había financiado sin fondo al explorador Morton Stanley y otros aventureros. Lo que tenía en mente era brillante: poder llegar al reparto de África en la Conferencia de Berlín con una propuesta ingeniosa. ¿Porque no crear en el corazón de África un gigantesco territorio a imagen y semejanza de Bélgica en Europa? ¿Un territorio neutral en el que el libre comercio estaría asegurado para todas las partes? Leopoldo II se ofrecía como garante y avalista del acuerdo. Así nació, con la bendición de la Alemania de Bismark, el Estado Libre del Congo. Era un No Estado: una finca privada de unos 10 millones de km2, administrada desde Bruselas.

La Colonización Marxista

Es difícil imaginar el reto que supone la gestión de una finca privada tan vasta como el continente europeo. De menos a más, la compleja administración de la propia casa, de una comunidad de vecinos o de una pequeña empresa, ya invita a la reflexión. Entre 1885 y 1906, el Rey Leopoldo II intenta crear el embrión de una administración desde la más absoluta nada, en una sociedad que no usa dinero para sus intercambios. Produce sudores fríos solo de pensarlo.

El terror no es una circunstancia política, es una pauta económica fundamental. Los expertos no se ponen de acuerdo sobre el número de víctimas, entre 10 y 15 millones de personas, pero sí sobre la causa del genocidio: la explotación del caucho. Es un rango similar al que dejó, en Ucrania, la colectivización forzosa del campo, y al de los 43.000 campos de trabajo que los alemanes construyeron en el Este de Europa entre 1940 y 1945. Las poblaciones asesinadas y atemorizadas huyen de sus casas y son hacinadas en arrabales de ciudades y campos de refugiados sin infraestructuras.

La pauta se repite idéntica, una y otra vez, en África, en Asia, en América Latina. Las milicias y los mercenarios pagados por la Industria siembran el terror entre los campesinos y provocan desplazamientos masivos hacia las ciudades. La desertificación del mundo rural y empobrecimiento de la dieta tradicional desploman la natalidad y aceleran el envejecimiento de la población. En el Congo de Leopoldo II, se pudo observar ese fenómeno, por primera vez y con total nitidez.

Otro rasgo propio del paradigma marxista y nacional socialista alemán, que ya se aprecia en el Congo, es su obsesión por controlar y manipular la composición étnica de la sociedad y limitar sus movimientos. Ingeniería social, avant la lettre. Como no existían clase obrera oprimida, burguesía explotadora ni malvados usureros judíos, se inventaron tribus características y se trajeron inmigrantes de otras regiones de África para trabajar en las minas de cobre y diamantes.

La tarea era ciclópea y Leopoldo II ya estaba exhausto y moribundo. En 1908 le endosaba la gestión de su propiedad al Parlamento Belga. El Estado Libre del Congo pasaba a ser oficialmente el Congo Belga, con una nueva política colonial muy similar a la de Sudáfrica: los blancos con los blancos y los negros con los negros.

© Belge

El Reino del Kongo (III)

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Es difícil imaginar el reto que supone la gestión de una finca privada tan vasta como el continente europeo. De menos a más, la compleja administración de la propia casa, de una comunidad de vecinos o de una pequeña empresa, ya invita a la reflexión. Entre 1885 y 1906, el Rey Leopoldo II intenta crear el embrión de una administración desde la más absoluta nada, en una sociedad que no usa dinero para sus intercambios. Produce sudores fríos solo de pensarlo.

El terror no es una circunstancia política, es una pauta económica fundamental. Los expertos no se ponen de acuerdo sobre el número de víctimas, entre 10y 15 millones de personas, pero sí sobre la causa del genocidio: la explotación del caucho. Es un rango similar al que dejó, en Ucrania, la colectivización forzosa del campo, y al de los 43.000 campos de trabajo que los alemanes construyeron en el Este de Europa entre 1940 y 1945. Las poblaciones asesinadas y atemorizadas huyen de sus casas y son hacinadas en arrabales de ciudades y campos de refugiados sin infraestructuras.

La pauta se repite idéntica, una y otra vez, en África, en Asia, en América Latina. Las milicias y los mercenarios pagados por la Industria siembran el terror entre los campesinos y provocan desplazamientos masivos hacia las ciudades. La desertificación del mundo rural y empobrecimiento de la dieta tradicional desploman la natalidad y aceleran el envejecimiento de la población. En el Congo de Leopoldo II, se pudo observar ese fenómeno, por primera vez y con total nitidez.

Otro rasgo propio del paradigma marxista y nacional socialista alemán, que ya se aprecia en el Congo, es su obsesión por controlar y manipular la composición étnica de la sociedad y limitar sus movimientos. Ingeniería social, avant la lettre. Como no existían clase obrera oprimida, burguesía explotadora ni malvados usureros judíos, se inventaron tribus características y se trajeron inmigrantes de otras regiones de África para trabajar en las minas de cobre y diamantes.

La tarea era ciclópea y en 1908, un Leopoldo II exhausto y moribundo le endosaba la gestión de su propiedad al Parlamento Belga. El Estado Libre del Congo pasaba a ser oficialmente el Congo Belga, con una nueva política colonial muy similar a la de Sudáfrica: los blancos con los blancos y los negros con los negros.

(c) Belge

El Reino del Kongo (II)

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La colonización tardía del Congo fue el preámbulo del siglo XXI. Por resumir: los sueños de la razón positivista y de la globalización comercial producen monstruos. La locura nihilista que se deriva del Idealismo Alemán lleva dos siglos causando estragos en todo el planeta. La taxonomía tribalista que ha desolado Europa y África, con barniz de ciencia etnográfica, no es sino la enésima mutación del rancio feudalismo germano. Nos engañaron a todos con la historia de las naciones y pueblos europeos y nos han tomado el pelo con el cuento de las tribus africanas. Con las mismas coartadas científicas, los mismos embustes culturales y las mismas finalidades políticas.

Fue algo realmente fortuito.Fue el azar y no la necesidad el que impulsó a Leopoldo II de Sajonia-Coburgo-Gotha a inventar una nueva fórmula de colonización. Bélgica, un estado tampón creado para separar a católicos y protestantes de Francia y Alemania, era demasiado insignificante para aspirar a nada en el nuevo reparto colonial de los territorios del ancho mundo. Berlín, la capital del Reich, llegaba tarde a la fiesta y no sabía muy bien cómo romper la baraja. Leopoldo II era hijo de Leopoldo, un ambicioso y calculador príncipe alemán al que Francia había vetado en España. Tras quedar apartado del trono Inglés por la muerte de su vástago y de su esposa, y rechazar el de Grecia, había acabado por aceptar ser el Rey de los Belgas. Y de alguna manera extraña, todas las grandes cancillerías de la época debieron considerar que quedaban en deuda con aquel providencial aliado.

Con el pretexto de cartografiar el río Congo, Leopoldo II había financiado a fondo perdido al explorador Morton Stanley y otros  aventureros. Lo que tenía en mente era brillante:  una buena excusa para poder llegar al reparto de África en la Conferencia de Berlín con una propuesta ingeniosa. ¿Porque no crear en el corazón de África un gigantesco territorio a imagen y semejanza de Bélgica en Europa? ¿Un territorio neutral en el que el libre comercio estaría asegurado para todas las partes? Leopoldo II se ofrecía como garante y avalista del acuerdo. Así nació, con la bendición de la Alemania de Bismark, el Estado Libre del Congo. Era un No Estado: una finca privada de unos 15 millones de km2, administrada desde Bruselas.

(sigue)