Miguel

La Quinta de Mortadelo

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Pensé que era una broma. Me equivoqué: era una provocación. El autor del panfleto,Imperiofilia y tal y tal, es al parecer catedrático de filosofía. No tengo nada contra los catedráticos de la Complutense, pero los que conocí en 1990 no me dejaron buena impresión. Demasiado exigente, supongo. Pero la reseña del libro no deja lugar a dudas: El ensayo de María Elvira Roca Barea ha escocido y ha producido sarpullido entre los marxistas habituales, acostumbrados a que nadie tosa sus postulados religiosos. La tesis del ataque premeditado a los PIGS católicos, fue mía en su origen y la recojo documentada en La Estafa del Euro explicada a un niño de 6 años. Me obliga, aunque los 100.000 ejemplares vendidos de “Imperiofobia” no necesitan mayor defensa.

Decía Francisco Quevedo que “la envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”. Por más que los apóstoles del marxismo luterano crean que las luchas de clases y colectivos oprimidos son los motores de la Historia, lo cierto es que nos determinan la estupidez ciega, el ansia viva y la envidia cochina. Cuando se agitan con unas gotas de odio, forman un cocktail nihilista explosivo. El gran mérito de la filóloga Elvira Roca es haber mostrado cómo esas mismas fuerzas reaccionarias desencadenaron la revuelta protestante contra el legítimo soberano en los feudos germanos y holandeses. Un enfoque original, que tiene el inmenso mérito de describir el incipiente luteranismo en su siniestro y justo contexto.

Nadie ha ilustrado mejor la divertida composición de esas tres fuerzas en la España contemporánea que el genial Paco Ibañez. Mortadelo ha cumplido 61 años, y sus coetáneos ya prejubilados se dedican a jugar a la petanca en parques y descampados. Es un juego importado, al alcance de todos. Como el cangrejo americano ha suplantado a las especies autóctonas de nuestros ríos, la petanca francesa ha sustituido poco a poco a la tradicional “calva” de nuestros mayores.

El mayor logro de la Quinta de Mortadelo es haber engendrado a la Generación Botellón. Los mal criaron como personas, los mal formaron como estudiantes y los deformaron como ciudadanos, a imagen y semejanza. Padres e hijos son igual de envidiosos y codiciosos, aunque unos lo sean por resentimiento y otros por sacarle todo el jugo a su herencia. El egoísmo y el ventajismo les ha llevado de forma natural a comulgar con los dogmas feudales del apartheid social y de la predestinación de los Puros.

El colofón de este breve análisis es el relato de una de esas estampas maravillosas de la Rúa del Percebe. El protagonista es catalanista, para más inri. Socialista por padre e ingenuo por madre, se deja caer a menudo por la tierra de sus ancestros, hermanos y sobrinos. Restado por la edad, dejó de lado su pasión por la bicicleta y se aficionó a la petanca. Pero no había pistas, ni la más mínima afición en el pueblo. Pensé que era una broma. Me equivoqué: era una provocación. Quería poderles echar en cara a los de su Quinta, que eran pobres hasta para pedir. Se puso mano a la obra, y convirtió una escombrera detrás del Polideportivo Municipal en terreno de juego. 5 pistas, sombreadas en verano, ventiladas, y con un balcón espectacular a la Sierra de Gredos.

Cuando no estamos peleados, que es siempre, el prota de la anécdota me cae bien. No me gusta la petanca, me aburre. Tampoco me gustan los dardos, ni la pesca, todas esas competiciones extrañas que le chiflan. No me gusta el ambiente que crean, difícil de describir. De modo que soy el testigo neutral y ecuánime del éxito asombroso de una iniciativa que no le costó ni un euro al contribuyente.

Las medallas que concede el caprichoso azar son siempre inesperadas, pero nada es tan imperdonable como el éxito. Sabido es que en España sólo sacan a hombros a los muertos en sus féretros. Los demás se pueden pasar la vida esperando a que les den las gracias, salvo que hagan como una encajera de un municipio cercano. Harta de esperar el merecido reconocimiento que le regateaban sus vecinos, encargó ella misma la estatua y la colocó en la plaza del pueblo.

La Quinta de Mortadelo va a dejar como herencia una España vaciada de contenido y completamente descapitalizada. Resistió 3.000 años de adversidades, pero han bastado 2 o 3 décadas de bonanza para acabar arruinada y desolada de sí misma. La envidia muerde y no come.

© Belge
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