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El choque de tranvías belgas

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Les Fourons. Ese nombre no le dice nada al común de los mortales, pero está unido a dos cuestiones trascendentales.  La Reforma Federal  de Bélgica y la guerra lingüística entre comunidades de orígenes muy diferentes. No es baladí recordar que el embrión de Bélgica nace en 1815 para separar a dos eternos contendientes: Francia y el Imperio Germánico.  Los Países Bajos, protestantes en el Norte y católicos en el Sur, eran un constante foco de conflictos, hasta que el Congreso de Viena de 1815 decide crear el Reino Unido de los Países Bajos,  bajo la corona de Guillermo I de Orange.  Pero el enjuague austriaco solo aguanta unos años, y en 1830, la burguesía católica y francófona de Bruselas se levanta en armas contra los holandeses y consigue proclamar la Independencia Nacional de las provincias del Sur.  En febrero de 1831, la primera Constitución de Bélgica consagra el francés como única lengua oficial, y en junio, es elegido un maquiavélico príncipe alemán, Leopoldo de Saxe-Cobourg-Gotha, como Rey de los Belgas.

Durante años, he presenciado cómo se podía  instrumentar  la cuestión lingüística para cambiar las alianzas gubernamentales. La  compleja realidad humana de esos enclaves territoriales da siempre mucho juego para hacer de una cuestión de principios una moción de censura.  Entre 1945 y 2010, Bélgica ostenta todo un récord mundial, con un total de 50 gobiernos caídos.  Algunos duraron menos de tres meses. 

La Historia de Bélgica nos brinda una valiosa lección sobre los mitos decimonónicos de la limpieza étnica y de la normalización lingüística: ninguna cesión territorial es suficiente, ningún agravio demasiado pequeño.   El enconado contencioso entre flamencos y francófonos por el control de Bruselas y de los ingresos que genera la pesada burocracia europea en la región ha venido a sustituir el viejo conflicto entre protestantes del Norte y la burguesía católica del Sur. Las reclamaciones territoriales que laten en el Viejo Continente son pequeñas erupciones de lava incandescentes que presagian fuertes seísmos religiosos.

Simplificar el mapa y reducir la diversidad, empujando las poblaciones a mudarse o desplazarlas por la fuerza, no solo no resuelve los viejos problemas existentes sino que añade nuevos contenciosos. En el supuesto que la Hoja de Ruta del nacionalismo catalán completara las etapas marcadas, veríamos como surgen nuevos conflictos en las lindes con Aragón, y como se incendia la sociedad valenciana.  La disputa por el agua sería el nuevo caballo del batalla del pancatalanismo en su afán por incrementar su «espacio vital».  Antes o después, sería la causa más probable de una cruenta guerra convencional con lo que quedase de España.

Plantear una Reforma Federal en España, con los límites regionales de 1978, es una ensoñación nacionalista. Si dividimos una unidad en 17 partes, la cuota media resultante es equivalente al peso relativo de  las cuatro provincias catalanas.  La estrategia ideada por los redactores de la Constitución, al dividir Castilla en 6 trozos, debía ir encaminada a limitar su poder en un Senado que funcionara como Cámara  de representación territorial.  Toda la estrategia nacionalista, desde que en 1973 se planificara la Hoja de Ruta con la ayuda de EEUU, gira en torno a esa idea. La obsesión de los nacionalistas vascos y catalanes por descapitalizar y despoblar Castilla desde 1931 tiene su origen en la fuerte dependencia energética y alimenticia del País Vasco y de Cataluña.

En España, no es posible entender el origen y el peculiar desarrollo de la Guerra Civil sin analizar esa vieja obsesión de la burguesía nacionalista por vaciar de contenido el vasto territorio castellano que representaba el 35% de la población a comienzos del siglo XX. Millones de personas fueron expulsadas de sus casas y desplazadas al Este de la Península, tanto por el Bando Republicano como por el Ejército Nacional. No existen datos fehacientes, porque los historiadores no se han interesado nunca por ese ingente y premeditado saqueo económico que fue la Guerra Civil. La posible existencia de facto de una «pinza»  entre Nacionales y Republicanos les descoloca, en la medida en que les obliga a poner en tela de juicio muchas teorías de curso legal  y reconsiderar los hechos.

Entre 1936 y 1940, incluyendo el periodo de los batallones de «voluntarios», millones de mujeres y niños fueron desplazados de sus casas por los contendientes de ambos bandos  y obligados a trabajar en unas condiciones de semi esclavitud.  Los historiadores olvidan, a menudo, que la economía y la generación de PIB no se pararon entre 1936 y 1940. ¿Qué valor atribuimos a la carga de trabajo que asumió la población desplazada en campos, fábricas, almacenes y casas? ¿Quienes se quedaron con esos recursos? Una vez que analizas esos asuntos, es casi imposible no relacionar la peculiar Dirección de la Guerra del Bando Republicano con la gestión de la Economía y de las Finanzas. 2 millones de esclavos que trabajen gratis durante 3 años representan una cifra actualizada de más de 250.000 millones de euros.