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Inflación estructural e IPC: ¿Problema de enfoque o de método?

Si un contemporáneo de Carlos V pudiera viajar en el tiempo y despertar en 2020, estaría asombrado al ver como suben los precios de una semana para otra. En su época, si el coste de la vida se disparaba el 1%, ponían el grito en el cielo. Rozaba la usura. A la ligera inflación del siglo XVI, que acarrea el Descubrimiento, le siguieron 50 años de Deflación. Dicho de otro modo: en los reinados de Isabel la Católica, Carlos V y Felipe II, los precios se mantuvieron relativamente estables. 

 

El Gran Debate que se libra entre partidarios del Justiprecio y de la Usura es el testimonio directo más fidedigno del pulso que van a librar durante siglos los católicos del Sur y los feudos protestantes del Norte de Europa. Por arte de birlibirloque, los guionistas de la Leyenda Negra han conseguido que la nación con menos inflación y la moneda más estable y solvente pase a la Historia como principal exponente del malabarismo monetario. A la inversa, los feudos germanos que más veces han suspendido pagos y engañado a los inversores, quedan como ejemplo del rigor presupuestario, la seriedad y la austeridad. Cosas veredes, amigo Sancho.

 

Incluso en plena decadencia política y económica, invadida y sometida, la España del siglo XIX y principio del XX no experimenta un incremento de los precios significativo. Y el valor de su moneda, la Peseta, se mantiene relativamente estable. De hecho, bien podría decirse, sin temor a equivocarse, que la inflación ha subido más en los últimos 24 meses que a lo largo de todo el siglo XIX.

 

La inflación estructural , como tal, surge a rebufo de las monedas de curso legal. Y con ella, nace la necesidad institucional de engañar a la ciudadanía y darle gato por liebre. Si la moneda no es creíble, la economía no funciona. En un entorno concentracionario, la creación de Índice de Precios Sintéticos sirve como coartada moral. A ningún urbanita le preocupa usar falsa moneda, siempre que pueda endosar a un tercero. Necesita un IPC para blanquear su negra conciencia.

 

Si comparamos la existencia de una familia española en los siglos XIX y XXI, enseguida apreciamos que el enfoque monetarista desvirtúa por completo el método de análisis de lo que es y no es inflación a corto, medio y largo plazo. De pronto descubrimos que el IPC o el IPM carecen de cualquier utilidad. La superchería intelectual consiste  en hacer creer que el modelo económico basado en la usura es natural y siempre ha existido. Pero la realidad es, que en la España del siglo XIX y bien entrado el XX, vivían 18 millones de personas, y menos de 500.000 familias vivían de la usura, como los  “urbanitas” actuales. 

 

Para la  inmensa mayoría de las familias españolas que producía sus propios alimentos en el mundo rural, el dinero era necesariamente un bien escaso que servía para atesorar valor. En consecuencia, no tiene ningún sentido crear un índice teórico basado en ponderaciones para medir la inflación estructural.

 

Pero ¿sirve hoy que el modelo basado en la usura es hegemónico? Tampoco. Si la premisa metodológica es errónea, es difícil imaginar que el edificio teórico levantado pueda resistir el vendaval de la realidad. La idea de que existe una cesta de productos y servicios común a toda la sociedad, como conjunto, y a la suma de los hogares, es falsa. Las familias ya no producen sus propios alimentos y sus enseres, pero siguen consumiendo exactamente lo mismo a lo largo de toda su vida. Si su consumo es específico y constante, la inflación es determinada por la varíación de esa cesta concreta y la suma de todas las cestas tiene forma de Curva Normal. Como consecuencia lógica del enfoque adoptado, los índices de precios miden algo menos de la mitad de la inflación estructural.

 

La Unión Monetaria es el enésimo episodio de fraude monetarista que ha padecido Europa a lo largo de los siglos. Ha sido tan descarada la manipulación de las dos últimas décadas, que de repente el IPC no cumple su función de coartada institucional. Hasta el más necio y corrupto de los observadores es capaz de ver la hiperinflación galopante y la progresiva destrucción del mercado. 

 

© Belge 
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