La ausencia

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Jueves. Es el título de la mejor canción de La Oreja de Van Gogh. Por aquella época intentaba dirigir Aviladigital.com y publicaba un pequeño artículo para una revista de papel que se editaba cada mes para dar más presencia a la nueva marca. La desazón que compartíamos muchos me inspiró “La Ausencia”. Han pasado 12 años y cualquiera diría que lo escribí ayer.  La estación de Maelbeek estaba a 50 metros en frente de mi infancia.  Recorría la Rue de La Loi a todas horas para ir a buscar a mi amigo Antonio García, el hijo del conserje del viejo Consulado español en Bruselas. Los domingos sin coches usábamos la ancha calle como velódromo particular para nuestras carreras. Antonio era Eddy Merckx y yo era Luis Ocaña.

La ausencia

“No habías pedido nada. Ni gloria, ni lágrimas, ni el rezo de los tuyos. Te llamabas Saúl, te llamabas Iris, o Inés, tal vez Serge, tal vez Michael; ¿Quién sabe?, las letras de tu nombre han quedado esparcidas por todas partes, pisoteadas, levantiscas, difíciles ya de pronunciar. Eras dos y cien, eras dos y cien mil.

Once días ya como una mala costumbre, que rápidos pasan once días. Del acero helado de una madrugada de ferrocarril, donde colgaron harapos de soledad, hoy pende tu recuerdo. La gente que iba sin ojos para verte sigue viuda de ti en el asiento de enfrente. Eras una presencia, a veces amenazante, a veces somnolienta; el atrezzo de una vida de paso; hoy, el toque de queda de sueños. Barruntan que no habías acabo de hablar de amor, que no habías terminado tu pitillo, y se preguntan por qué un juez te condenó al amanecer sin un último deseo.

Tu tan solo querías volver a sentir su sonrisa correr por tus venas como un rumor. La víspera llegaste tarde a casa, por culpa del atasco, por culpa de la hipoteca, absurda como día sin descanso. Encendiste tu escasa vida, compartiste un pequeño saldo de circunstancias con tu pareja, hiciste el indio con tu niño. La niña de tus ojos que no se quería dormir le dijo adiós a la luz. Su mirada golosa roza tu mejilla, te dice que no porque no, te dice que si diciendo que no.  Escondido entre un día y el siguiente, conocías un bello secreto.

Dormida de madrugada, tomas asiento en una vida de cercanía, apuras un sueño como un yonki; mecido por el runrún de los vagones que te limitan y te protegen, permaneces en el placer de las cosas. Maelbeek. El mono acecha. Transbordo. Empieza una mal viaje por la línea 0. Te tambaleas, tropiezas con el desengaño, y cargas con una bolsa llena de mentiras. Por la megafonía anuncian que la pasión es un perfume barato, la libertad es un coche, la verdad un voto. Estás citado. Acudes cada mañana, acudes a ciegas a mercadearte. Eres dos y cien, eres dos y cien mil. Francotiradores, soldados rasos, porteras de la Corte, pobres todos de solemnidad viviendo del tirón. Por un gramo de felicidad.

Traficantes de odio han decidido ya cuánto vales yacida, han puesto precio a tu cabeza. No saben de ti, no quieren saber. Eres el número 0 que suma sin fin, que multiplica el miedo como un contagio. Su credo es la nada resentida que tu amorosa presencia estremece. Se ocultan como pordioseros vergonzosos, tras banderas ajadas, alimentando creencias de pacotilla compradas en el todo a cien. Se creen lobos, no son más que perros cobardes y traicioneros que ladran cuando la caravana ya ha pasó. Son el 0 que odian, la nada minúscula y silenciada. Son poca cosa, la verdad.

Desde ayer la realidad está adulterada. Un guantazo de plomo ha borrado el jueves del calendario. Todos hemos emprendido un mal viaje por la línea 0. Detrás de cada coartada, detrás de cada mentira se ocultan los mercenarios del poder. Somos guerra muy a tu pesar. Somos el estrago de un incendio que nos tienta y desarbola. No ganamos, no perdemos, somos los muertos que pone cada bando”.

©David Sánchez ( 23-M-2004)©Belge (23-M-2016)
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