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EL TURISMO ES UN GRAN INVENTO

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Así se titulaba una de las películas de Paco Martínez Soria. Y yo, cada vez que oigo o leo que hay gente que reclama con tanto entusiasmo la identidad, el derecho a decidir, mayores cotas de autonomía, el derecho a la autodeterminación, la independencia, el restablecer las fronteras de los antiguos reinos dentro de España, etc… me acuerdo de ese gran invento que es el turismo.

Nuestros políticos, que son gente ilustrada, sabia y muy capaz, han convencido a buena parte de la ciudadanía de que estábamos mucho mejor cuando España no era España, sino una colección de “países” con identidad propia, lengua propia e instituciones propias. Debemos recordar que aquellas instituciones eran absolutamente democráticas y ofrecían a los ciudadanos (no había súbditos) todos los servicios propios del estado de bienestar.

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ÉRASE UNA VEZ… UN MAPA

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Vivimos en un lugar muy peculiar. No tiene nombre propio, pero por razones prácticas ha sido necesario encontrar una palabra políticamente correcta para referirse a él. Se ha impuesto mayoritariamente llamarlo “Estepaís”, aunque también se ha extendido, sobre todo entre los ciudadanos de ideología nacionalista, el uso de “Elestado”.

A Estepaís no se le reconoce una lengua propia. De hecho, se ha impuesto otra palabra políticamente correcta para denominar al idioma de uso mayoritario. Se trata de la palabra “castellano”, cuyo uso la Real Academia de la Lengua que no existe propone siempre en segundo lugar, y que en realidad era originariamente el nombre del dialecto que se hablaba en Castilla. Este dialecto evolucionó con influencias de otros dialectos y lenguas hasta convertirse en el idioma en cuestión, que se parece al dialecto original como un huevo a una castaña, pero el nombre que propone la Real Academia no se considera políticamente correcto y apenas se utiliza ya.

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INFILTRADOS

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La gente no es consciente, pero estamos peor que en un estado de sitio. El enemigo se ha infiltrado ya a todos los niveles.

En un estado de sitio se cumplen inexorablemente dos leyes de la guerra. La primera ley nos dice que es necesario disponer de cinco soldados al asalto por cada soldado en posición defensiva. De esos cinco, si el asalto tiene éxito, de media se pierden cuatro. Eso quiere decir que quien está en posición defensiva parte con mucha ventaja, si la posición es fuerte.

Si el asalto no tiene éxito y el general al mando del ataque es capaz de gestionar bien la retirada se pierden pocos soldados. Tras el reagrupamiento y control de daños puede confiar en que quizá más adelante se le pueda presentar otra oportunidad más propicia. Si el general es incapaz entonces se pierden todos los soldados,  el armamento y las provisiones.

La segunda ley dice que hacen falta muchos recursos para planificar y llevar a cabo un asalto. Del orden de cinco hombres en retaguardia por cada soldado en el frente. Este efecto multiplicador hace que por cada soldado en posición defensiva el enemigo necesite un contingente de veinticinco hombres, cinco en el frente y veinte en la cadena logística.

Una guerra tiene un desgaste muy importante para el que resulta atacado, pero sobre todo tiene un desgaste brutal para el atacante, que es quien hace la apuesta y lo arriesga todo. Si gana la guerra obtiene el botín, en forma de territorio, recursos, población, etc… Si va perdiendo y no se rinde antes de que sea demasiado tarde supone la destrucción total. Algunos que han perdido sus guerras ya no han levantado cabeza nunca más y llevan arrastrándose desde hace siglos. Ese es el coste de una guerra.

La manera de reducir el desgaste del asalto y tener a su vez mayores probabilidades de éxito en el ataque es la infiltración. Pues bien, el enemigo lleva años infiltrándose a todos los niveles. Tenemos políticos que en unos casos son ignorantes, en otros pasotas, y en otros directamente son infiltrados del enemigo que llevan tiempo trabajando por encargo y llevándose el dinero a paraísos fiscales si son listos o gastándolo con ostentación sin son bobos.

Si no se corta esa infiltración, y ya es muy difícil hacerlo, tenemos los días contados. Cualquier día nos despertaremos como si nos hubiesen dado una patada en el cielo del paladar, con una noticia impactante que será el pistoletazo de salida. Del tipo del incendio de Notre Dame, por ejemplo. A partir de ese detonante será cuestión de meses que Europa esté en guerra total.

Notre Dame puede ser o no ese detonante, pero es el tipo de acontecimiento que desencadenará las acciones que nos llevarán a la destrucción total de nuestra sociedad.

Muchos de los que ahora no quieren ver lo que tienen delante de sus ojos harán realidad una cita que me encanta pero no recuerdo quién la dijo:

“Cuando todo rastro de civilización haya sido barrido de la faz de la tierra rezarás por tener a tu lado un hombre con una espada”

Saludos

EL PRESIDENTE DEL RESTO DEL ESTADO: DEL PEUGEOT 407 AL FALCON

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Cuentan que Franco dio una vez un consejo a alguien: “Si no quiere tener problemas haga como yo, no se meta Usted en política”.

España es un país con gente muy sociable. Quizá por eso no se siente la necesidad vital de pertenecer a ninguna asociación política para cambiar el mundo. Los españoles en general sólo son activos políticamente si quieren vivir del cuento. El resto sigue el consejo de Franco.

En nuestro país el número de afiliados a los partidos es testimonial. Sin embargo hay millones de españoles que pertenecen a una peña deportiva, son socios de un club de fútbol, de una sociedad gastronómica, de una cofradía, etc… o bien se agrupan en una peña de lotería o quinielas, se apuntan a un club de montaña, a una asociación cultural local, a una asociación fallera, forman una comparsa, una chirigota, etc…

Si Alexis de Tocqueville resucitase y nos hiciese una visita anotaría en su cuaderno de viaje que a los españoles lo que nos va es socializar para pasarlo bien y disfrutar de la vida. Si se anuncia un concurso de tortillas o paellas allá que va todo Dios. En cambio, si se piden voluntarios para pegar carteles para una campaña política sólo van los más tontos y los que aspiran a pastorear a los más tontos.

El resultado de esta actitud general es que en España los programas políticos los deciden los que pegan los carteles. Eso lo ha sabido ver muy bien nuestro actual inquilino de La Moncloa. Por eso se recorrió España en aquella campaña de primarias en su Peugeot 407. No quería convencer con sus ideas a los futuros votantes, sólo quería que lo conociesen los pegacarteles.

En España la forma de triunfar en un partido político “progresista” es confraternizar con los pegadores de carteles y repartidores de octavillas, tratarlos bien y caerles en gracia. Y eso fue lo que hizo Sánchez.

Con esos seguidores incondicionales fue con lo que recuperó el poder en el partido tras quedar con las vergüenzas al aire al perder la votación en su primera sesión de investidura. Esos entusiastas pegacarteles son los que le han permitido echar del partido a todos los que lo despreciaron y hacer del PSOE su cortijo particular.

A su vuelta en loor de multitudes alguien le encargó presentar una moción de censura que no debía llegar a votarse. Pero Rajoy, que es listo como un zorro, fue a darse una comilona y después hizo un completo de café, copa y puro. Hala campeón, ahí lo tienes, se dijo. Y lo dejó en pelotas en mitad del hemiciclo, con su maletín como testigo desde la bancada del gobierno.

En un rapto de narcisismo muy propio de él Sánchez pensó que de verdad el poder era suyo, y que podía ser de verdad el presidente “d’estepaís”. Debe de ser que como en economía dos y dos pueden ser tres o cinco según convenga y él es economista, pensaba que con ochenta y pico diputados la cosa estaba chupada.

En esos días pactaría Dios sabe qué con no se sabe quién, todo para poder cumplir la promesa que les hizo a sus niñas de que algún día dormirían en La Moncloa. Y sacó adelante la votación.

Él pensaba que iba a ser presidente “d’estepaís”, pero cuando empezaron a pasarle las facturas al cobro pronto se vio que en realidad era sólo presidente “delrestodelestado”, lo que le permiten sus ochenta y tantos diputados.

Al doctor guaperas todo esto no le importa demasiado. En una de sus primeras autoentrevistas de autopromoción en TV lo dijo bien claro: “Soy el presidente y haré lo que yo quiera”.

Y en esas está, utilizando el Falcon para lo que le sale del nabo. Firmando los decretos que le da la gana. Permitiendo que los otros presidentes, los de los países “de verdad”, es decir, las “nacionalidades históricas”, hagan lo que quieran. Así él puede cumplir el programa que anunció en TV: hacer lo que le apetezca como presidente “delrestodelestado”.

España es un país de caudillos desde los tiempos de Viriato. Hemos tenido franquistas, suaristas, felipistas, guerristas, pujolistas, aznaristas,… Ahora tenemos “saunismo”, es lo que toca.

Saludos