Casi se me saltaron las lágrimas. Tuve que reprimir toda esa agua que brotaba al escuchar el relato que hacía nuestra guía polaca, L.A, en un español perfecto. Nada es tan difícil como contener la emoción en una lengua que no es tuya, para llegar a transmitir con un matiz que la sensación de rabia,de impunidad y de injusticia duran hasta hoy. Me fijaba en otros grupos de turistas, que no habían tenido tanta suerte, y recorrían los pasillos de la Fábrica de Schindler con paso apresurado. Pasaban delante de las fotos en blanco y negro, como chafados de no ver la maquinaria y las instalaciones de la peli de Spielberg. Ya nos habían avisado. La Fábrica de Schindler es, en realidad, un museo de la ocupación alemana de Cracovia. Solo quedan una vieja máquina de escribir y un mapa de Europa con piezas de madera que le servía para analizar la inevitable derrota del III Reich.Las calles de Cracovia están llenas de turistas y Erasmus españoles. Somos gente alegre, ruidosa y civilizada. A pesar de nuestras guerras en España, mantenemos intacta la fe en el ser humano. No hemos vivido ni la hecatombe de la Gran Guerra ni la maldad humana de la Segunda Guerra Mundial. Cuando visitamos las instalaciones de un campo de concentración o entramos en un museo, no hemos sido educados y preparados para entender el “horror nazi”. La inmensa mayoría no ha visto la película Shoah de Claude Lanzmann.
Para L.A, nuestra guía, el nacional socialismo es otra cosa, diferente, que no se reduce al “horror nazi”. Son esos 40.000 colonos alemanes y austriacos que se instalaron en Cracovia y permanecieron allí hasta el día antes de que llegaran los soldados rusos. Venían a aprovechar los negocios que habían dejado vacantes los 65.000 judíos expulsados de un día para otro, para ganar dinero. Se hicieron ricos. Oskar Schindler era uno de esos oportunistas que mandaban postales típicas a sus amistades. Recuerdos de Cracovia. La foto más tópica era posar junto con un judío al que un soldado risueño cortaba la barba o la coleta.
Los hombres de negocio que daban sus fiestas en la ciudad y esos turistas alemanes y austriacos que llenaban los tranvías, consideraban a los polacos una raza inferior, esclavos; no eran todos unos sádicos y psicópatas asesinos que fueran dejando cadáveres a su paso, como Hans Frank, el ministro alemán ascendido a Carnicero de Cracovia, y Amon Göth, el culto editor de la cosmopolita Viena, pero en sus fábricas murieron más seres humanos que en los propios campos de exterminio. En total, 15 millones de esclavos y prisioneros fueron asesinados en 43.000 campos de trabajo repartidos en Europa del Este.La teoría de “los 4 locos” y del “horror nazi”, ideada por EEUU, es una estrategia diabólica; ha servido para ocultar la responsabilidad del pueblo alemán y de la sociedad austriaca, y para desviar el foco hacia la complicidad de países ocupados como Polonia. Un sentimiento de injusticia, muy actual, se cuela en el relato minucioso que hace L.A del periodo de ocupación, como un leitmotiv: Buenas y malas acciones, decisiones morales de unas personas que se ven abocadas a elegir un bando para sobrevivir una hora más. Del antisemitismo como coartada político que convierte a los pueblos que fueron víctima de la ocupación en presuntos cómplices, moralmente culpables. Alemanes y austriacos no eran “tan culpables” en el fondo, porque no “eligieron”: fueron engañados por el “flautista de Hamelín” y “cuatro locos” oportunistas que aprovecharon el “revanchismo” de los vencedores de la Primera Guerra Mundial. Y los polacos, que consiguen sobrevivir a los crímenes de los ejércitos alemanes y austriacos en 1918, arrastran una doble culpa, por declararse Independientes como Nación y poder elegir entre el Bien y la Supervivencia. Son cómplices y culpables, porque fueron sometidos como “esclavos” pero no engañados. El Museo de la Ocupación alemana de Cracovia ha recibido millones de visitantes, gracias a la película que rodó Spielberg sobre la polémica figura Oskar Schindler. Comparto el escepticismo de L.A, nuestra guía, pero ha servido para que millones de europeos abran los ojos. El empresario nazi era probablemente un espía, y como tal supo analizar y prever desde muy temprano el derrumbe del Tercer Reich y sus consecuencias. Debió considerar que librar de una muerte segura a unos miles de trabajadores era el mejor salvoconducto para huir de la justicia y seguir disfrutando del botín después de la guerra. Lo que es extraño, es que Israel se prestara a considerarlo Justo entre los Justos por no ser un animal despiadado y con ello a blanquear la teoría de los “4 locos”.
Para L.A, nuestra guía, el nacional socialismo es otra cosa, diferente, que no se reduce al “horror nazi”. Son esos 40.000 colonos alemanes y austriacos que se instalaron en Cracovia y permanecieron allí hasta el día antes de que llegaran los soldados rusos. Venían a aprovechar los negocios que habían dejado vacantes los 65.000 judíos expulsados de un día para otro, para ganar dinero. Se hicieron ricos. Oskar Schindler era uno de esos oportunistas que mandaban postales típicas a sus amistades. Recuerdos de Cracovia. La foto más tópica era posar junto con un judío al que un soldado risueño cortaba la barba o la coleta.
Los hombres de negocio que daban sus fiestas en la ciudad y esos turistas alemanes y austriacos que llenaban los tranvías, consideraban a los polacos una raza inferior, esclavos; no eran todos unos sádicos y psicópatas asesinos que fueran dejando cadáveres a su paso, como Hans Frank, el ministro alemán ascendido a Carnicero de Cracovia, y Amon Göth, el culto editor de la cosmopolita Viena, pero en sus fábricas murieron más seres humanos que en los propios campos de exterminio. En total, 15 millones de esclavos y prisioneros fueron asesinados en 43.000 campos de trabajo repartidos en Europa del Este.La teoría de “los 4 locos” y del “horror nazi”, ideada por EEUU, es una estrategia diabólica; ha servido para ocultar la responsabilidad del pueblo alemán y de la sociedad austriaca, y para desviar el foco hacia la complicidad de países ocupados como Polonia. Un sentimiento de injusticia, muy actual, se cuela en el relato minucioso que hace L.A del periodo de ocupación, como un leitmotiv: Buenas y malas acciones, decisiones morales de unas personas que se ven abocadas a elegir un bando para sobrevivir una hora más. Del antisemitismo como coartada político que convierte a los pueblos que fueron víctima de la ocupación en presuntos cómplices, moralmente culpables. Alemanes y austriacos no eran “tan culpables” en el fondo, porque no “eligieron”: fueron engañados por el “flautista de Hamelín” y “cuatro locos” oportunistas que aprovecharon el “revanchismo” de los vencedores de la Primera Guerra Mundial. Y los polacos, que consiguen sobrevivir a los crímenes de los ejércitos alemanes y austriacos en 1918, arrastran una doble culpa, por declararse Independientes como Nación y poder elegir entre el Bien y la Supervivencia. Son cómplices y culpables, porque fueron sometidos como “esclavos” pero no engañados. El Museo de la Ocupación alemana de Cracovia ha recibido millones de visitantes, gracias a la película que rodó Spielberg sobre la polémica figura Oskar Schindler. Comparto el escepticismo de L.A, nuestra guía, pero ha servido para que millones de europeos abran los ojos. El empresario nazi era probablemente un espía, y como tal supo analizar y prever desde muy temprano el derrumbe del Tercer Reich y sus consecuencias. Debió considerar que librar de una muerte segura a unos miles de trabajadores era el mejor salvoconducto para huir de la justicia y seguir disfrutando del botín después de la guerra. Lo que es extraño, es que Israel se prestara a considerarlo Justo entre los Justos por no ser un animal despiadado y con ello a blanquear la teoría de los “4 locos”.
La figura del Comisario en el Bando Republicano representaba, en teoría, una suerte de enlace entre la soldadesca reclutada a la fuerza y los oficiales del Ejército que habían permanecidos leales al Gobierno. En la práctica, eran los políticos del PSOE y del Partido Comunista encargados de tutelar a los militares profesionales. En “La Velada en Benicarló”, el Presidente de la República narra el miedo que inspiraban. La policía política creada por el Partido Comunista sembraba el terror en la retaguardia y asesinaba a desafectos, tibios y críticos por igual. Decenas de miles de soldados republicanos fueron sacrificados y sus cuerpos abandonados en campos y cunetas. Indalecio Prieto se mostraba muy pesimista. No era precisamente un pusilánime, como podía ser Manuel Azaña, pero sabía que la Guerra estaba perdida desde el verano de 1937. Sabía mejor nadie que el Golpe de Barcelona había servido para que el Partido Comunista y los Rusos se hicieran con el control de Gobierno de la República y con la Dirección de la Guerra. Era plenamente consciente que muchos españoles de uno y otro bando iban a ser sacrificados solo para que los comunistas y catalanistas del Gobierno de Negrín pudieran justificar el saqueo de las Reservas de Oro. Las grandes soflamas contra el fascismo eran el burladero tras el cual falseaban las cuentas para justificar la entrega de un material de guerra que Rusia había prometido y nunca llegaba. La guerra se iba a prolongar casi dos años más para que los rusos y los comunistas probaran sobre el terreno nuevas tácticas y técnicas de lucha armada.Los nietos bastardos del cobarde comisario comunista se han hecho con el control del Gobierno de España y anuncian una campaña de agitación para desestabilizar la sociedad española e intentar instaurar un régimen totalitario. Todas sus teorías sobre el empoderamiento marxista suenan tan añejas como su retórica antifascista. Al igual que Paco Antón y su amante, Dolores Ibarruri, son mercenarios sin escrúpulos al servicio de potencias extranjeras con intereses económicos y geoestratégicos en España.