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Lehman Brothers

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A toro pasado, se recrean en la suerte. La caída de Lehman Brothers, hace 10 años, cogió por sorpresa a casi todo el mundo. Unos estaban en la inopia y otros en la higuera.  Cuando la FED decide que la mejor estrategia es provocar la caída de Lehman Brothers en lugar de gastar fuerzas en apuntalar un edificio que se derrumba, pocos periodistas se acordaron de Meredith Withney. Hacía dos años que la mejor analista americana había recibido amenazas de muerte por publicar que Citigroup necesitaba acometer con urgencia una ampliación de capital de 30.000 millones de dólares.  Cuando la quiebra de Lehman Brothers desata un auténtico tsunami financiero en todas las plazas bursátiles del mundo, hacía justo un año que Ben Bernanke forzaba  la dimisión de Charles Prince, el todo poderoso CEO de Citigroup.

En febrero de 2007, se precipitaron los acontecimientos después de una declaración bastante pesimista de Alan Greenspan. De repente, se acaba el “chollo” del carry trade y el Yen se derrumba un 10%.  A los Gestores de Fondos de todo el planeta les entra las prisas por salirse del mercado con disimulo, y un 8 de agosto estalla “oficialmente” la Crisis Subprime cuando varios Fondos de Inversión de los mayores bancos occidentales son incapaces de hacer frente a los reembolsos.  En ese momento, falta un año entero para el colapso del histórico banco de inversión americano.

Durante 13 meses, la supina ignorancia de los periodistas y la corrupción de los políticos permiten que los gestores y directivos, culpables de provocar el mayor caos financiero desde los años 30, le endosen la factura de la crisis a clientes y contribuyentes. Aunque la FED maniobra a gusto, la estrategia que implementa no está exenta de riesgos. ¿Qué habría pasado si hubiera fallado el corta fuegos? Nunca lo sabremos. En aquel momento, la prioridad absoluta de la Reserva Federal era salvar el sistema de pensiones de los americanos, el colapso de AIG, por la crisis de los CDS, provocaría la suspensión de pagos de EEUU y llevaría la nación al borde de la anarquía.

Los mismos periodistas, analistas y políticos, que llevaban años sermoneando a la sociedad con el temible “riesgo moral”, permanecieron  callados mientras los grandes bancos británicos, suizos y alemanes se dedicaban a manipular en beneficio propio el mercado interbancario. Su descaro y cinismo no fue menor que el de un BCE que miraba para otro lado mientras los gobiernos “liberales” de Alemania, Francia y Reino Unido inyectaban ingentes cantidades de dinero público en sus bancos. Las últimas referencias que se han publicado al respeto apuntaban a que Alemania pudo rescatar ilegalmente a sus entidades financieras con más de 500.000 millones de euros.  El propio Banco de Inglaterra confesó una ayuda de más de 60.000 millones de euros en el Royal Bank of Scotland.

 

 

 

Y a todo eso, cayó Lehman Brothers. Fue una gran operación bursátil, pura orfebrería financiera, pero también el epicentro de un seísmo político y militar cuyas réplicas llegan hasta la actualidad. Debió ser tal día como ese cuando los ciudadanos del poderoso imperio de la Triple A anglosajona tomaban consciencia del precipicio que se abría bajo sus pies. El barril de petróleo se hundía de 150 a 50 dólares y se desploman las exportaciones en todo el mundo. El pánico  forzó la convocatoria de un G-20 extraordinario en Washington. Allí, los países más afectados por la crisis predicaban libertad comercial, muchas libertad, mientras concertaban medidas de proteccionismo financiero poco ortodoxas. La historia y descripción de esa ingeniosa estrategia que implementan EEUU y sus aliados a partir del G-20 de noviembre merecería, sin duda, un libro entero.

En noviembre de 2008, la Reserva Federal  aprueba y pone en marcha un ambicioso plan de rescate de las empresas americanas. Ha nacido el Quantitative Easing. La idea es imprimir dinero masivamente para adquirir  toda clase de activos financieros tóxicos, empezando por la cartera de cédulas y bonos hipotecarios que habían hundido el mercado. Los 3,7 trillones de dólares (3 billones de euros)  que la FED inyecta en la economía de los Estados Unidos sirven para que las empresas se deshagan de pasivos que lastran sus balances y reestructuren su deuda corporativa a tipo 0.

Las tres grandes Agencias de Calificación de riesgo empiezan una campaña para estigmatizar como arriesgadas las inversiones fuera del entorno económico de la Triple. Rebajan el rating de solvencia a sectores y países que no comprometen los intereses comerciales de EEUU.  Con ello, logra poner en marcha una dinámica que favorece la evasión de capitales de Sur a Norte y coloca al borde de la quiebra el sistema financiero de España, Italia y Grecia.

En paralelo, los grandes bancos de EEUU, Reino Unido, Alemania  y Suiza se ponen de acuerdo para manipular los índices de referencia Euribor y Libor y el mercado de bonos. Favorecen la financiación barata de sus empresas en detrimento de sus competidores y elevan hasta los 600 puntos básicos la Prima de Riesgo que los mercados les exigen a países como España, Italia, Portugal o Grecia.
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