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La insoportable levedad de Peter

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A vueltas con las aventuras laborales de Peter, me viene a la memoria una cita que atribuyen a Juan March, el célebre contrabandista balear.  Decía que le había sido tan fácil montar un imperio porque descubrió que a los aduaneros no les llegaba el sueldo para permitirse comprarles unos zapatos bonitos a sus señoras.  Estos funcionarios ganaban 60 pesetas al mes y con la Primera Guerra Mundial, el contrabando con los países contendientes movía fortunas en Europa.

Peter es el eslabón débil de cualquier empresa. Como señalábamos en anteriores análisis, la incompetencia sobrevenida puede ser real, en algunos casos, o simulada. Una organización es una gran tienda de chuches, con más tentaciones que dependientes.  Y Peter pasa un día tras otro delante del mostrador, pensando en los zapatos de su mujer, en el chalet en la playa o en la moto que le gustaría comprarse.

Pero no es  fácil definir qué es la Integridad profesional sin pisar muchos callos. Las personas honestas que he conocido no han sido muchas. A diferencia del resto del personal, intentan ser discretas y comedidas en el trato con los compañeros. Consiguen ser respetuosas  con  los demás  de un modo natural.  No es un rasgo frecuente en un entorno competitivo  donde unos y otros compañeros andan siempre buscándose las vueltas.

Los empleados profundamente deshonestos son mucho más divertidos y constituyen una fuente inagotable de anécdotas e historias edificantes.  Tienen mal fondo y son envidiosos hasta límites patológicos, pero el rasgo que predomina en todos ellos es la vagancia. No hacen nada.  Tienen un verdadero don para ver venir los marrones y se pasan el día ideando como escurrir el bulto: es puro instinto de supervivencia.

En las empresas pequeñas, como era el Diario de Ávila,  el mal bicho suele ser un cabroncete trincón con balcones a la Plaza Mayor.  No hay tajada en el plato al que no le intente hincar el diente.  Como carece de cualquier sentido del ridículo, sirve lo mismo para presidir un Club de fútbol que para impartir clases de cocina.

En las grandes corporaciones, como puede ser Mapfre , hay que hacer duras oposiciones para meter la mano en la caja.  Laramendi ideó un cortafuegos para impedir el nepotismo, limitando la contratación de familiares hasta el segundo grado,  pero cuando se jubiló, algunos directivos se las ingeniaron para colocar a toda la prole de la abuela en las empresas de los proveedores habituales a cambio de abultar su cuenta de  resultados.

Recuerdo a uno de ellos con especial cariño.  Su coche tenia 300.000 km pero eso no le impedía ir y venir de Barcelona en el día para cobrar las 40 pesetas por km recorrido y las dietas estipuladas. Los chicos del taller, que le mimaban el coche, me dijeron la distancia que recorría cada año, pero no me lo quise creer.   Tampoco me quería creer que cada visita suya al restaurante de moda le costaba a la empresa cerca de 80.000 pesetas, pero el contable me enseñó algunas de esas facturas.  Los días en que no salía a recorrer las carreteras de España se las ingeniaba para concertar visitas a la hora estratégica de ir a comer.  La moraleja del cuento es que el Mal Bicho le costaba tanto a Mapfre si se iba a por las dietas como si se quedaba en casa.

(sigue jiji)
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