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Refutación de Laffer o el Síndrome de Robin Hood

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Impuestos progresivos o impuestos eficientes.

Es un tópico muy extendido entre los liberales necesitados de amor creer que Laffer demostró, en una servilleta de bar, cómo la recaudación fiscal baja de manera inversa a una creciente presión fiscal. Es una de esas medio verdades o tautologías de la Vulgata economicista que no le hace ningún bien ni al liberalismo ni a la ciencia económica. La Curva de Laffer nace, en realidad, de una ilusión óptica. Es un pequeño truco de prestidigitación matemática.

Para demostrar el error de razonamiento en el que incurren los defensores de la Curva de Laffer, hay que recurrir a la descripción del Síndrome de Robin Hood y a la Paradoja del Bosque de Sheerwood en Notthingham.

Sabido es que el malvado  Sheriff  socialista de Notthingham asienta su poder sobre un ejército de mercenarios analfabetos  a los que paga tarde y mal; a duras penas les llega la magra soldada para pagar la hipoteca de la choza, el preceptor de los niños y las pintas de hidromiel en el burdel del pueblo.

Para  saquear el pueblo más rico de la comarca tienen que atravesar el tupido Bosque de Sheerwood, en el que se esconden los aldeanos renegados y pequeños delincuentes huidos de la Justicia. El esfuerzo de ir a buscarlos no vale el precio de la soga para colgarlos, de modo que es preferible organizar un pequeño convoy militar para transportar de modo seguro la Caja de Caudales.

Cuando las cosechas son buenas, reina la paz y la concordia, y el coste de mantener el orden y recaudar tributos es mucho menor que cuando las cosechas son malas y la discordia obliga a contratar y mantener un número mayor de mercenarios.  Aunque no es necesariamente una función lineal, el gasto para recaudar y transportar la Caja crece de modo proporcional al número de renegados y delincuentes que huyen al Bosque de Sheerwood. De 0 a 1 crece el porcentaje relativo de la recaudación que debe emplearse para cruzar el Bosque, ya sea porque las cosechas son malas o porque ha crecido el número de delincuentes dispuestos a organizar una emboscada.

Nos enfrentamos a dos realidades con expresión matemática muy diferentes. Por un lado, los soldados del malvado Sheriff recaudan una parte de la cosecha y del ahorro de los aldeanos en función de los criterios establecidos por el Sheriff, y por el otro, deben transportar la Caja con los tributos recaudados hasta Nottingham.  La forma de hacerlo, de un modo seguro, es pactando una comisión con los aldeanos renegados. La comisión será más elevada si las necesidades que provoca una mala cosecha son mayores.

Hasta que aparece Robin Hood en escena, por culpa de los guionistas de Hollywood, todo funcionaba de un modo reglado.  Tanto en épocas de vacas gordas como de vacas flacas, la recaudación crece de un modo lineal hasta un porcentaje en que empieza a crecer el peaje que los delincuentes les cobran por atravesar el Bosque de forma segura. Lo único que varia de un año a otro es el tamaño de la cosecha y el impuesto que cobran los delincuentes.

Robin, el hijo vividor de un político local venido a menos, regresa a casa tras irse de Erasmus por varios reinos europeos más avanzados. Enseguida se da cuenta que puede sacar tajada del negocio que tienen montado en Nottingham.  El secreto está en la masa. Por un lado, solivianta a los aldeanos analfabetos y muertos de hambre, contándoles que son nación aparte y tienen derecho a decidir por su cuenta que hacer con sus cosechas, hasta conseguir pastorear un ejército de renegados y delincuentes en el Bosque, y por el otro, renegocia al alza la Comisión de Paso con el Jefe del destacamento.

El Sheriff y Robin Hood son personajes antagónicos, que se dedican a lo mismo: cobrar un porcentaje de la riqueza producida por mantener el status quo social. Pero la posición de Robin es mucho más sutil. A los aldeanos les cobra un impuesto indirecto, el incremento marginal de la Presión Fiscal, y a los mercenarios del Sheriff, un peaje directo por atravesar el Bosque.  Pero: ¿Para qué conformarse con vivir escondido en un bosque frío y húmedo, si puede dormir en el Castillo de Notthingham?

Como se puede observar en el ejemplo analizado, la famosa Curva de Laffer, de la que tanto presumen algunos políticos metidos a economistas, es la superposición de dos curvas de aspecto muy diferentes.  En la primera de ellas, la recaudación crece de forma casi lineal hasta que llega al 100% de lo recaudable, momento en que ya se mantiene constante;  en la segunda,  el peaje que los delincuentes son capaces de cobrarles a los mercenarios es nulo y se mantiene casi nulo, hasta que crece el número de renegados dispuestos a organizar una peligrosa emboscada.

Para incrementar el tributo, el Sheriff debe mandar un mayor contingente de soldados a saquear la aldea y enfrentarse a los aldeanos emboscados. Es un error funesto que propicia que Robin le derrote y sustituya.  La lógica de los mercenarios es cobrar su nómina y mantenerse con vida; la de los  renegados, solo mantenerse con vida. Economía regulada versus economía sumergida. Lo que se puede traducir con una sencilla expresión: si crece la presión fiscal, es mejor negocio  cobrar impuestos que producir riqueza.

La principal lección que se puede extraer de la Paradoja del Bosque de Sheerwood y del Síndrome de Robin Hood, es que las dos curvas funcionan de forma independientes y predecibles hasta que aparece la política en escena. No es la presión fiscal el elemento determinante de estas dos ecuaciones: es lo tupido que sea el Bosque. Si el Sheriff optara por quemar y arrasar el Bosque, se podía ahorrar cualquier peaje y derrotar sin gran esfuerzo el patético ejército de renegados .

© Belge
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